|
FAO: mucho ruido y pocos granos |
|
|
|
Fuente: jornada.unam.mx
|
|
viernes, 13 de junio de 2008 |

Por Víctor M. Quintana S. [La Jornada].
Las crisis son implacables y descarnadas hasta en el aspecto
epistemológico. Revelan aspectos desconocidos u ocultos de
la realidad. Ahora que en todo el mundo golpea fuerte la crisis
alimentaria, se revela el carácter de clase de la
globalización que tanto se ha celebrado.
Había muchas expectativas antes de la reciente
reunión cumbre sobre la alimentación, celebrada
en Roma, a convocatoria de la Organización de las Naciones
Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), con la
concurrencia del Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional
(FMI). La urgencia de evitar que 100 millones más de
personas se precipiten en la desnutrición pudo lograr la
presencia de 40 jefes de Estado y la representación de 193
países.
La cumbre romana podría ser un inicio para desmantelar las
estructuras que permiten que, pese a que se producen alimentos como
para casi el doble de los 6 mil 300 millones de personas del mundo,
haya casi mil millones que no acceden a ellos. Hasta se
soñaba que el hambre y la desnutrición crecientes
podrían hacer que quienes dominan esta tierra se pusieran de
acuerdo y cedieran un poco ante la emergencia.
Pero la reunión fue un monte planetario que parió
un escuálido ratón neoliberal: del lado de la
clase dominante mundial hubo llamados y grandes compromisos verbales;
la ONU convocó a duplicar la producción mundial
de alimentos para 2030 y se acordó reducir a la mitad los
854 millones de desnutridos que hay en el mundo para el año
2015.
Sin embargo, con los instrumentos que se acordaron, las metas bien
intencionadas no sólo no se cumplirán, sino que
hasta se verán saboteadas: el principal medio que se dan los
países para construir su seguridad alimentaria es el hilo
negro de abrir sus fronteras y quitar trabas a las importaciones y
exportaciones de alimentos. Lo que les vienen recetando los
países hegemónicos, el BM y el FMI, desde hace
cinco lustros. La receta no sólo se ha mostrado poco eficaz
para producir alimentos, sino causante del desmantelamiento de la
infraestructura de producción alimentaria de los
países pobres.
Cuando el mercado mundial de alimentos se libera, no son los pobres ni
los campesinos los que ganan. Diez empresas controlan 80 por ciento de
ese mercado global. Y tres de ellas han experimentado enormes ganancias
mientras se derrumban las de los campesinos y en la mesa de las
familias trabajadoras cada vez hay menos que comer: Monsanto, que el
último año fiscal tuvo ganancias 108 por ciento
superiores al año anterior; Cargill, 86 por ciento
más y Continental Grain, 42 por ciento.
Para no quedar tan mal, los países ricos y los organismos
como el BM destinaron la precaria cifra de 6 mil 500 millones de
dólares anuales para reactivar la producción
alimentaria global. Tan sólo un poco más que el
presupuesto anual de la Sagarpa en México. Nada si se le
compara con el presupuesto mundial para la fabricación de
armas, que supera 200 mil millones de dólares.
Del lado de la otra clase, estuvieron las organizaciones como
Vía Campesina, países como Cuba, o personalidades
como Jean Ziegler, anterior relator de la ONU para el derecho a la
alimentación. Insistieron en que la piedra de toque para
resolver la crisis alimentaria es apoyar el desarrollo de las
capacidades productivas de los campesinos, de los indígenas,
de los agricultores familiares. Defendieron el concepto de
soberanía alimentaria por sobre el de seguridad, pues los
países pueden sufrir el moderno suplicio de
Tántalo: tener sus bodegas llenas de alimentos, pero bajo el
control de las trasnacionales especuladoras. Cuestionaron seriamente
que se prefiera la producción de granos y semillas para
biocombustibles a la de alimentos para las personas.
Demostraron que un factor clave en el encarecimiento mundial de los
alimentos es la especulación del capital financiero que
trasladó a la bolsa de granos sus capitales muy mal librados
de la crisis hipotecaria: en 2003 en el mercado de commodities, se
habían colocado sólo 13 mil millones de
dólares: para marzo de 2008 ascienden ya a 260 mil millones
y en esos cinco años el precio promedio de éstas
se ha aumentado en un 183 por ciento en promedio. Por ello defienden
que la comida, sobre todo granos básicos, oleaginosas,
carnes y lácteos dejen de ser considerados una
mercancía.
Si Felipe Calderón quisiera acceder a un alto puesto de
manera legítima, éste podría ser el de
secretario general de la FAO. Son tan coincidentes sus visiones sobre
la actual crisis alimentaria con las de esta organización y
las de los países ricos, que nadie de los de arriba lo
cuestionaría. El problema sería para los cientos
de millones de agricultores familiares y los desnutridos de este mundo.
|