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“La ciencia es siempre profunda y simple. Son sólo las verdades a medias las que son peligrosas.” George Bernard Shaw |
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Francisco de Miranda, un quijote sin locura |
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Fuente: argenpress.info
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lunes, 03 de septiembre de 2007 |
Por Homar Garcés [argenpress.info].
A Francisco de Miranda se le reconoce el mérito de haber
participado -armas en mano- en las tres grandes convulsiones
revolucionarias ocurridas entre finales del siglo XVIII e inicios del
XIX, a saber, la independencia de las Trece Colonias inglesas que
dieron origen a Estados Unidos, la Revolución Francesa y la
gesta independentista de la América del Sur. Sin embargo,
esta particularidad heroica no es suficiente para que se conozca en
profundidad su pensamiento político y su
resolución inquebrantable de luchar por la libertad,
impregnados de un espíritu republicano y de una cultura
universal sin iguales, lo cual le mereciera el reconocimiento -entre
burlón y sincero- de Napoleón Bonaparte al decir
de él que era “un Quijote que no está
loco”. Semejante desconocimiento apenas se resarce al
atribuirle la condición honrosa de Precursor de la
Independencia sudamericana y la creación del estandarte
tricolor que identifica a Venezuela como nación soberana,
cuestión que no contribuye mucho para comprender quien fue
Francisco de Miranda, la dimensión de su obra y pensamiento
y, en especial, el contexto contradictorio de la época que
le tocó en suerte vivir y padecer.
Su proyecto emancipador, por ejemplo, producto de años de
lecturas de filósofos de la Ilustración, de sus
observaciones personales, hechas en cada uno de sus viajes (seguido de
cerca por la red de espionaje de la corona española,
considerándolo un hombre peligroso en extremo para sus
intereses de ultramar); además de las contactos directos y
epistolares con algunos de los personajes de importancia de entonces,
no es conocido en su justa dimensión, a pesar de abarcar la
totalidad geográfica del imperio español en suelo
americano. En lugar de ello, se ha impuesto el anecdotario de sus
múltiples aventuras amorosas y su vinculación
(puesta en duda) con la francmasonería, aparte de la
designación un tanto afortunada de nuestra
América como Colombia, antorcha que recogiera posteriormente
Simón Bolívar al plantearse el proyecto de
integración de las antiguas colonias españolas.
Quizás en todo ello influyera el hecho de haber sido
execrado, junto con su familia, de la excluyente sociedad de castas
imperante en su Caracas natal y los cuarenta años de
ausencia física a que se vio obligado debido,
principalmente, a sus convicciones revolucionarias, cuestiones que
pesarán mucho a la hora de iniciar el camino de la
independencia venezolana y su defensa mediante las armas. En este
sentido, Miranda ha sido víctima de cierta
incomprensión histórica, cosa que
todavía se mantiene latente. Como lo refiere Carmen
Bohórquez Morán, en su obra Francisco de Miranda,
Precursor de las Independencias de la América Latina:
“El drama de un precursor es el de ser un incomprendido: sus
contemporáneos no entienden su mensaje. En cuanto a sus
lejanos descendientes, estos terminan por olvidar al hombre cuyas ideas
forman ya parte del patrimonio común”. Como Juan,
el Bautista, eclipsado por el mensaje y la personalidad de
Jesús, el Mesías, Miranda lo será en
su momento por Bolívar, resultando que al primero se le
cuentan sus fracasos mientras que al segundo sus victorias y,
aún, sus sueños, heredados fundamentalmente del
Precursor.
Aún cuando se magnifique su figura como el primer criollo de
dimensión histórica mundial, la
valoración de su contribución al proceso de
constitución de una identidad americana propiamente dicha ha
sido soslayada en algunos casos. Siendo un ferviente y activo promotor
de la unidad hispanoamericana, inspiró a no pocos prohombres
del Continente a dar los pasos decisivos para producir la ruptura con
el yugo ibérico. Para él, la
emancipación de la América subyugada
debía asumirse como una empresa común, sin los
fraccionamientos regionalistas originados e impuestos por la
administración colonial. Al plantearse que Gran
Bretaña, Francia y Estados Unidos ayudaran con esta magna
tarea lo hace sólo a cambio de algunas ventajas comerciales,
pero nunca a cambio de un tutelaje imperial más moderno que
el impuesto a la fuerza por los españoles. Por ello se
ocupó por años a la elaboración de
esbozos constitucionales para la extensa república
continental que ya proyectaba, al igual que las estrategias militares
que se implementarían en caso de agresión. Puede
aseverarse que nadie antes que Miranda reconoció la
necesidad de la independencia absoluta de estas tierras, sin localismos
y con plena conciencia del motivo que asumió y
marcó su existencia. Es el primero cuyo fundamento
político está íntimamente relacionado
con una identidad integracionista a nivel continental. Su vida y su
plan general están inscritos en ello de un modo persistente,
lo cual explica su participación en la Francia
revolucionaria, antes del golpe de Estado de Napoleón,
convencido de que allí hallaría la ayuda
requerida, al igual que lo supuso de parte de la Zarina Catalina de
Rusia y del Primer Ministro inglés Pitt.
Para este Quijote sin locura, la independencia y la
integración americana era una exigencia histórica
a la cual debían sumarse entusiastas todos los americanos.
Por ello su legado es interesante conocerlo de manera cabal, sobre todo
en el presente cuando se asoman en el horizonte de nuestra
América algunas realidades indefectiblemente ligados a su
obra y esfuerzos libertadores.
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