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Emiliano Zapata, indígenas y racismo |
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Fuente: jornada.unam.mx
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viernes, 05 de octubre de 2007 |
Por Gilberto López y Rivas [La Jornada].
Miguel León-Portilla señala que son muy variadas
las opiniones sobre la relación de Emiliano Zapata con
respecto a los indígenas, destacando dos extremos: por un
lado, la idea proyectada por el poder económico y
político de que la lucha del general Zapata era un
movimiento de “insurgencia indígena”.
Esta perspectiva se difundió en los periódicos de
la época –desde el racismo del México
urbano y criollo de la capital– con calificativos hacia los
zapatistas de este tenor: “hordas de indios incendiarios,
sanguinarios y crueles”. Zapata mismo era considerado el
“Atila del Sur” que agitaba a los
indígenas prometiéndoles tierras.
En el otro extremo –dice León-Portilla–
están quienes consideran que el movimiento zapatista no
tiene una presencia indígena significativa, y en este punto
de vista identifica al historiador estadunidense John Womack, quien en
la edición en inglés de su obra Zapata y la
Revolución Mexicana menciona que el único
episodio “indio” de toda la revolución
zapatista fue la traducción al náhuatl de unos
manifiestos a los jefes y combatientes de la división de los
hermanos Domingo y Cirilo Arenas en Tlaxcala. Como nahuatlaco, a
León-Portilla le interesa saber si Zapata hablaba el
mexicano, y cita en favor de esa tesis el testimonio de una anciana de
Milpa Alta, de habla nahua, que afirmó que el general, en
efecto, había hablado en mexicano.
Francisco Pineda, uno de los más connotados especialistas en
Zapata y su movimiento libertador –consultado al
respecto– opinó que la traducción de la
informante que cita León-Portilla podría ser
equívoca, ya que refiere en realidad que el jefe insurgente
“habló como macehual”. Sin embargo,
Pineda destaca la utilización de Zapata de giros
idiomáticos de origen náhuatl,
metáforas en el lenguaje, uso de indumentaria
indígena y sobre todo el contenido comunalista y agrario de
su lucha.
La certeza o no sobre Zapata como hablante del náhuatl no
cambia el carácter de las reivindicaciones agraristas ni
quita el apoyo de pueblos y comunidades originarias a la lucha en
calidad de tropa y de base social de su movimiento.
La presencia de Zapata en Xochimilco, Milpa Alta y los pueblos del
Ajusco en los alrededores de la ciudad de México
así lo demuestra. Estos pueblos tenían en los
años de la revolución un fuerte componente
indígena en su forma de organización y en cuanto
a hablantes del náhuatl. Lo mismo ocurre con los apoyos de
las comunidades indígenas a Zapata en Tlaxcala, Puebla, el
estado de México, porciones de Guerrero, Hidalgo y Veracruz.
Coincido con la conclusión de León-Portilla:
“Zapata, independientemente de que hablara o no el
náhuatl, al luchar por los derechos agrarios
abarcó a la gente del campo, mestiza e indígena.
Incluso entre sus jefes y oficiales, al lado de mestizos y otros de
origen más aparentemente europeo, destacaron
también los de extracción nativa. Por todo ello,
tan falso sería pretender que el zapatismo haya sido un
movimiento indigenista, como negar que los indígenas no
hayan estado presentes en la empresa de Emiliano.”
También hay que tomar en cuenta la “invisibilidad
de los indígenas”, que son subsumidos en el
término de “campesinos” o racializados
como “raza indígena”. En el inicio de la
República independiente, José María
Luis Mora, liberal reformista, es el artífice de la
desaparición del indio como figura legal, de su
homogeneización bajo la categoría de
“ciudadano”, la cual se ocultan las desigualdades
reales y los prejuicios étnicos y de clase. Para estos
ideólogos liberales “hacer
nación” significaba civilizar a los diferentes,
compartir la religión católica, hacer prevalecer
la propiedad privada, hablar la lengua nacional y blanquear a los
indios. Las estrategias del poder para lograr que las tierras de los
pueblos pasaran a manos privadas se llevan a cabo en los campos de la
política y de la guerra. Educar y civilizar son parte de
esta justificación racista, mientras se legaliza el despojo
territorial contra las comunidades. Se practica el mestizaje
biológico y también el cultural a
través de la escuela y la leva, dejando la
eliminación física de los indios rebeldes y
“bárbaros”.
También, Leopoldo Marmora refiere sobre el desencuentro del
socialismo internacional con la Revolución Mexicana a tal
grado que en el Congreso Internacional de Basilea, que tuvo lugar entre
el 24 y 25 de noviembre de 1912, en pleno auge de la
revolución, ésta no fue mencionada ni siquiera
con una palabra. Lo que no se adecuaba a los moldes conocidos de la
lucha de clases “moderna” y
“civilizada” era ignorada o negada por completo
como ahistórico, irracional. La fuerza social y cultural del
sistema agrario comunal fue completamente desconocida, a pesar de tener
profundas raíces históricas y haber
desempeñado un papel central en la Revolución
Mexicana. La prensa socialista de la época sólo
reconocía actores desde una perspectiva
eurocéntrica. Las masas populares mexicanas, en especial,
los indígenas, aparecen en estos puntos de vista como
objetos de explotación y nunca como sujetos de
liberación. Al contemplar a la burguesía y el
proletariado como únicos sujetos sociales posibles de todo
cambio real, las masas agrarias –sustancia misma de la
nación mexicana– quedaron fuera de la
preocupación de los socialistas de la época.
El hecho de que el Ejercito Zapatista de Liberación
Nacional, organización mayoritariamente indígena,
retomara la figura de Zapata es demostrativo de la línea de
continuidad existente entre la causa agrarista y comunalista del pasado
con la lucha actual de los pueblos y las comunidades
indígenas por su autonomía y la
preservación de sus tierras y territorios. ¡Zapata
vive en esa causa indígena!
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