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“Los pájaros desde las ramas contemplan a las criaturas humanas.” Jaques Prevert |
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El que no conozca la vida del gran Cipriano Castro está jodido |
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Fuente: aporrea.org
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viernes, 17 de agosto de 2007 |
Por José Sant Roz.
Cuando Castro liba su café en Bella Vista, oyendo serruchar
algún violín de los músicos
tachirense, conversando con su compadre Juan Vicente Gómez,
no tenía la menor idea de que la deuda pública de
Venezuela sobrepasaba los 197 mil millones de bolívares.
Entra Cipriano Castro a Caracas el 23 octubre de 1899 con un programa
de NUEVOS HOMBRES, NUEVOS IDEALES, NUEVOS PROCEDIMIENTOS. Es el jefe de
la llamada Revolución Liberal Restauradora, y uno de sus
mayores anhelos es resolver el grave problema de la deuda externa.
Viene en ferrocarril a la capital, en el primer vagón, y a
su lado se encuentra el General Manuel Antonio Matos, quien
venía de ser ministro de Hacienda del Presidente Ignacio
Andrade, un título que lo colocaba en el pináculo
de los hombres importantes de la Nación.
Todos los inversionistas extranjeros están como
caimán en boca ‘e caño, mirando con
recelo el nacionalismo de esta EXTRAÑA CRIATURA. Los gringos
no están para andarse por las ramas, y ya para septiembre de
1899, míster William H. Russell, encargado de negocios de EE
UU en Venezuela, solicita un barco de guerra en el puerto de La Guaira.
Cuál debió ser la profunda humillación
que sintió el recién presidente de Venezuela,
cuando a los pocos días se entera de que dicho barco, el
Detroit, se ubica en La Guaira junto con el británico
Progreso.
Apenas se instala en la Casa Amarilla, comienzan a desfilar los
acreedores de alto pelaje con el objeto de deslumbrar y someter a sus
arbitrios al “bárbaro
montañés”. Las reclamaciones llegan al
cielo, y marean a Castro. Inglaterra, Alemania, Francia y EE UU, se
aprovechan de caos de aquella revolución para abultar lo que
se le adeuda. De las delegaciones extranjeras explotadoras, corren los
mensajes que describen al nuevo jefe del país:
“Hombre de pequeña estatura y de piel oscura, con
abundante sangre india”, después se
añadirá que es un mono, que está loco
y es un monstruo. Casi toda la sesuda intelectualidad venezolana se
hizo eco de estas miserias creadas por el Departamento de Estado
Norteamericano: Manuel Caballero, Simón Alberto Consalvi,
Elías Pino Iturrieta, Guillermo Mojón,
Inés Quintero, etc.
Manuel Antonio Matos, el intermediario de las
compañías extranjeras ante el Presidente, anda
inquieto porque Castro no es hombre que le hable claro. Se retira a
Macuto a conspirar y a recibir órdenes y apoyo financiero de
EE UU para salir lo más pronto posible de aquel
“mono”. El gobierno le solicita un
préstamo a lo banqueros y estos además de negarse
a darlo, sacan un remitido a la opinión pública.
Matos opta en principio por tratar de imponerse con sus inmensos
poderes financieros, y así doblegara Castro. No deja de
quejarse de las penurias que están pasando los banqueros,
los grandes comerciantes, y llega al punto de solicitarle al Presidente
que le pida la renuncia al gabinete. Matos estaba entonces haciendo el
mismo trabajito que luego Fedecámaras quiso aplicarle a
Chávez. Castro se fastidia y encierra a Matos en la
cárcel. No sólo a Matos sino a un grupo numeroso
de ricos a los que mete en la Rotunda. Allí se ablandan un
poco y comienzan a pedir cacao. Entonces Castro los suelta y en el
Banco Caracas estos oligarcas entonces organizan un sarao de desagravio
por el remitido, y alzan las copas de champaña brindando en
honor de Castro. Manuel Antonio Matos lleva la voz cantante:
“Saludo al héroe que desde el Táchira
vino respetando con severidad inaudita vidas propiedades hasta el punto
que todos deseábamos el triunfo de la Revolución
Liberal Restauradora[1]”. Brindis similares se dan en otros
bancos, por ejemplo en el Banco de Venezuela, y quien pronuncia el
meloso discurso de ocasión es el magnate J. J.
Lasére. Entonces, no es como dicen los críticos
pro-yanquis, de que Castro hizo abrir las bóvedas de los
bancos a mandarriazos; no, los banqueros como ratas comenzaron a
temblar, y le prestaron al gobierno unos 900.000 bolívares,
que ellos ya se habían robado.
En 1900, aparece nuevamente el caso de la New York and
Bermúdez Company, con presiones insultantes, y es por lo que
Castro ordena la detención de Bruzual Serra. El
propósito de este Trust era acaparar las minas de asfalto de
Venezuela a fin de librarse de cualquier competencia y controlar a su
gusto el precio. Ya era dueña del asfalto de Trinidad.
Para desestabilizar aún más al gobierno, EE UU y
los grandes consorcios internacionales promueven una guerra entre
Colombia y Venezuela, organizando una invasión a las
órdenes del traidor Carlos Rangel Garbiras que entra y
provoca grandes saqueos y asesinatos e nuestro país.
Aquel era otro Plan Colombia, aunque no hubiese el negocio de la droga.
No importa.
Idéntico a la posición de la OEA, entre 2002-2003
cuando metió su hocico al lado de la oposición a
Chávez (y prácticamente en defensa del Plan
Colombia), la Conferencia Internacional Americana reunida en
México, emite una declaración solicitando que
Colombia y Venezuela lleguen a un acuerdo equitativo. Al canciller
nuestro, Eduardo Blanco, autor de “Venezuela
Heroica”, le temblaron las piernas porque Castro
envió el siguiente mensaje: “El gobierno
conservador de Colombia ha tenido siempre una funesta
función sobre la genitora de su libertad e independencia, lo
que es inaceptable por degradante. Es un gobierno que vive del terror,
de la miseria y del oscurantismo[2]”.
Aquella grosería, a los ojos de los países
colonizadores no se podía tolerar, y mucho menos cuando el
referido “mono” tenían grandes deudas
pendientes con la banca internacional, y entonces comenzaron las
reclamaciones, y tras éstas las amenazas de bloqueo.
Cipriano, ni tonto ni perezoso respondió a las reclamaciones
alemanas para dentro de seis meses, una vez que se hubiese declarado la
paz pública. El 23 de enero de 1901 decretó la
comisión especial que sólo reconocería
compromisos adquiridos a partir de mayo de 1899 con respecto a las
deudas anteriores a esa fecha. “En ese momento nuestro
país argumento que las peticiones de los imperialistas
germanos atentaban contra el principio de soberanía que
asegura a Venezuela el derecho a establecer a establecer su propia
legislación[3]”.
Es así como se desata la gran conjura internacional contra
Venezuela. El 24 de agosto de 1901, presenta el Charles Shapiro de la
época, el Ministro Plenipotenciario de EE UU en Venezuela,
míster Herbert Wolcott Bowen (prácticamente con
el único propósito de exigirle a Venezuela que la
hora de repartirse los negocios del país) que al imperio del
Norte no lo dejen fuera. Después de presentar sus
credenciales anota en un informe que ciertamente Castro
“tiene una o dos gotas de sangre india en las
venas”; después de la presentación de
los credenciales míster Herbert Wolcott Bowen (tal cual como
lo hizo Charles Shapiro después de presentar los suyos e
irse a la mansión de los Cisneros en el Country Club), se
trasladó a la espectacular residencia de Manuel Antonio
Matos “libre de gastos, con toda la servidumbre de criados
extranjeros, incluyendo a Ernest, el cocinero personal del cerebro
financiero de la Autocracia Liberal, desde Antonio Guzmán
Blanco, hasta Ignacio Andrade[4]”.
Pronto se iba desatar la primera gran guerra mediática
contra Venezuela, y el conductor de la misma sería el mayor
palangrista de la época, el francés A. J. Jauret.
Este perrito faldero de Manuel Antonio Matos y quien comenzó
a inventar cuantas barbaridades se le ocurriese para desprestigiar a
Castro en el mundo (y cuyas notas de prensa se difundían por
el New York Times, el New York Herald y Associated Press); que llevaba
concentrada en su alma todas las vagabunderías de la actual
Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, y ese espíritu que
mueve a los manipuladores y mentirosos como Gustavo Cisneros, Marcel
Granier, Miguel Henrique Otero, Andrés Mata y Teodoro
Petkoff, fue expulsado por Castro. Esta expulsión
sería el disparo de alarma para que los grandes centros de
información pusiesen a circular a Castro por todos los
albañales de la tierra.
Entonces Matos es llamado a EE UU, porque hay planes muy precisos para
salir del “mono” y colocarlo a él como
Presidente: una invasión. Matos unifica a su alrededor a la
primera Coordinadora Democrática de Venezuela, CD, y mete en
ella a todos los caudillos frustrados que andaban buscando como
encaramarse en la Silla. Pone a bailar como focas, por unas sardinas
que les tiene prometida el Departamento de Estado, entre muchos
generales montoneros, al pobre “Mocho”
(José Manuel Hernández), a Nicolás
Rolando, Zoilo Vidal, Juan Pablo Peñalosa, Horacio Ducharme,
Doroteo Flores y al propio Antonio Paredes. Son 200 mil
dólares oro (tanto o más como los que
recibió Carlos Dorado para la CD a través de
Italcambio en el 2003) los que le entregan a Matos para tumbar a
Castro. Los que entregan estas “donaciones” para la
liberar a Venezuela del tirano, son ante todo la New York and
Bermúdez Company, la Orinoco Shipping Company, la
Intercontinental Telephone Company, American Telephone Company,
AsphaltCompany of America, Norddeutsche Bank, Pennsilvania Asphalt
Paving Company, Te New York Trinidad Asphalt Ltd., The Avenidme Steam
Navigation Company, Credit Layonnaise and Baber Asphalt Paving[5].
Sin muchos aspavientos, ni yéndose por las ramas, Cipriano
Castro declara a Matos, REO DE ALTA TRAICIÓN A LA PATRIA. A
Matos eso ni le va ni le viene porque su verdadera patria
está en los dólares. Idéntico en esto,
pues, a Gustavo Cisneros, Enrique Salas Römer, Pedro Carmona
Estanga, Carlos Fernández, Juan Fernández, Alvis
Muñoz, Enrique Mendoza, Marcel Granier…
Matos va y compra un barco y lo equipa con “175 toneladas de
máuseres, 180 toneladas de municiones, albardas,
cañones y variado material bélico”[6],
y en estas negociaciones mete la mano Colombia a través de
un agente de apellido Gutiérrez. Matos llama a su
revolución La Libertadora, y lee antes de entrar en
acción una proclama, muy parecida a la de los altos gerentes
de Pdvsa, cuando montaron lo del paro petrolero en diciembre del 2002,
y las leían frecuentemente por los Cuatro Canales del
Apocalipsis: “Atento a esta cruzada redentora, acudo presto
trayendo todos los elementos de guerra necesarios para vigorizar
nuestra voluntad y hacer lo irresistible, y, al mismo tiempo para
servir de unión entre todos los venezolanos; para salva de
la ruina a nuestra querida Venezuela[7]”.
El barco de Matos, bautizado El Libertador va recibiendo
protección en todas las islas en las que va recalando:
Curazao, Trinidad, Martinica, Guadalupe y Barranquillas. Ya Castro lo
ha declarado barco pirata, y en respuesta a esta agresión
internacional decreta la suspensión de todas las
obligaciones del crédito interior y exterior y ante la
negativa de Herr G. Knop de trasladar las tropas del gobierno, Castro
amenaza con clausurar el ferrocarril alemán y meter a Knop
en la Rotunda. Se alborotan la legación británica
y la alemana, y se multiplican las traiciones a la patria, atacando a
Castro los caudillos Ramón Guerra, Luciano Mendoza y Antonio
Fernández. Estos Mendoza y Fernández como que son
de los apellidos más lacayos de Venezuela, y me perdonan.
Es como si Pdvsa, la CTV y los partidos AD, COPEI, Nuevo Teimpo y
Primero Justicia actuasen desde distintos frentes, como lo hicieron
durante a principios de abril del 2002. La
“Revolución Libertadora” avanza desde
Oriente hacia el Centro. Por el Táchira vienen otros y por
lo llanos se aproxima el caudillo Luis Loreto Lima. Pero Manuel Antonio
Matos (idéntico al dearreico Carlos Fernández, ex
presidente de Fedecámaras, cuando monitoreaba el golpe
contra Chávez desde Aruba), dirige la revolución
desde Trinidad, echado en una poltrona y cogiendo sol, con una copa de
champaña, en el Queen’s Park Hotel. Todo lo que
Matos gastaba en este hotel, le sería cobrado con creces a
Venezuela. Nunca los banqueros dejan de cobrar lo que dan, y
además lo hacen con leoninos intereses.
Al tiempo que la “La Libertadora” avanza y Matos
engorda en el Queen’s Park Hotel (cual CNN, la TV
Española, Onnivisión, Televisa, etc.), los
periódicos poderosos del mundo difamaban de la manera
más criminal y burda a Cipriano Castro. En esta
campaña llevaban la batuta: The New York Times de Nueva
York, el Times y el Daily Mail de Londres, Le Temps de
París, North American Review, The Forum y The Sun,
también de EE UU; el Kidderadatash de Berlín.
En los primeros días de octubre de 1902, la
“revolución” de los traidores y lacayos
ocupaba las tres cuartas partes de Venezuela, apoyados por las fuerzas
navales francesas que bloquean Carúpano, asedian
Cumaná y Río Caribe, y todos medios de
comunicación mencionados arriba se vanaglorian de reportar
la próxima caída de Cipriano Castro, quien
según ellos está boqueando. El gran estratega que
es Castro, les planta batalla en La Victoria, y los destroza, mientras
Manuel Antonio Matos veía la batalla con sus
binóculos con envoltura de oro (“por
televisión”), “en pantuflas, sentado en
fina hamaca de hilo y a la sombra de un paraguas blanco o
verde[8]”. De modo que de manera idéntica como
Chávez acabó con la soberbia de los oligarcas
durante el paro petrolero del 2003-2004, así mismo Cipriano
Castro acabó con las pretensiones colonizadoras de Matos.
Luego el imbécil de Juan Vicente Gómez se
vendería a los intereses norteamericanos y
traicionaría a Castro. Por eso hay que mantenerse muy alerta
con la gente que rodea a Chávez.
Derrotada la conjura nacional dirigida por Matos, y viendo que los
países colonialistas no iban a ser recompensados en sus
pagos, entonces (míster Herbert Wolcott Bowen), recibiendo
órdenes de Departamento de Estado, se reúne con
las legaciones de Alemania, Inglaterra, Francia, Holanda e Italia, para
proceder a bloquear las costas venezolanas. Todo esto con una
descomunal campaña mediática de
descrédito llevada a cabo por los periódicos
arriba mencionados.
Los reportajes del New York Times hablan de los salvajes arboricoras de
Venezuela, y como se hace hoy contra Chávez, presentan
editoriales en los que se insta a una intervención, y se
dice: “La Doctrina Monroe no ha sido fundada para defender
las repúblicas americanas de sus fechorías o por
violaciones de la Ley Internacional”.
Pese a que el gobierno de Castro no aumenta en un céntimo la
deuda pública y de que ha cancelado el empréstito
de guerra que le había pedido a los bancos, los
países colonialistas de Europa reclaman a un país
desgarrado por las invasiones y la inestabilidad política
provocada por ellos mismos, con invadirlo sino les pagan en el acto.
Como si se tratase de un acoso y de una tensión
bélica previa a la invasión contra Irak en el
2003, el 7 de diciembre de 1902, los ministros plenipotenciarios de
Inglaterra y Alemania acosados de un miedo terrible se dirigieron a la
estación del ferrocarril acompañados del ministro
Bowen, a quien rogaron se encargara de sus asuntos. Se metieron en sus
barcos de guerra respectivos anclados en La Guaira porque el bombardeo
de los puertos estaba dispuesto, decididos por las grandes potencias.
Los asesinos de Gran Bretaña y Alemania, apoyados por
Francia e Italia, y con la complicidad de las putas de la
púrpura y negra España, de Holanda y EE UU, se
“llenaron de gloria” destrozando la pobre flota
nuestra: General Crespo, Zamora, 23 de Mayo, Totumo, Zumbador y
Margarita.
El pueblo de Caracas sale a la calle y 5.000 voluntarios se ofrecen
para defender la patria, mientras el Presidente somete a
prisión a los súbditos alemanes e ingleses.
Castro pone en libertad a todos los presos políticos y llama
a la unidad nacional. El “Mocho”
Hernández es puesto en libertad y arenga al pueblo:
“La patria está en peligro y yo olvido mis
resentimientos para acudir en su auxilio...”. Qué
diferencia, carajo, con los actuales escuálidos, como por
ejemplo, la ex comunista Ángela Zago, quien pidió
a grito que los marines hollasen el suelo patrio con tal de salir de
Chávez. Quien sí resultó digno de los
escuálidos del siglo XXI fue Manuel Antonio Matos quien huyo
disfrazado de cura hacia Las Antillas. Hasta allí, como le
pasó a Carlos Ortega y a Carlos Fernández, tuvo
vida Matos. Murió para siempre con esa espantosa huida. La
huida de este canalla se producía en momentos cuando se
desarrollaban acciones bélicas contra los puertos de La
Guaira, Puerto Cabello y Maracaibo. Mientras todo esto ocurre
míster Herbert Wolcott Bowen, se moviliza enviando a EE UU
toda clase de mentiras para que se condene a Castro.
Casi toda América Latina en este horrible conflicto
dejó sola a Venezuela, pero cómo no la iba a
dejar sola, si sesenta años más tarde, se
coaligan en esa mierda que se llama OEA para condenar a Cuba.
América Latina ha vivido dominada por tiranuelos lacayos y
canallas impuestos por el Departamento de Estado. Sólo
entonces mantuvieron una posición digna de
simpatía, al menos, con Castro, frente a los colonialistas,
México, Ecuador, Perú y Argentina.
Hay que recordar que en Argentina entonces, el Banco de
Préstamos La Popular, le envió un
telégrafo a Castro ofreciéndoles fondos para el
pago de las reclamaciones extranjeras.
Notas:
[1] “Loomis, Francis B.”, Enrique Bernardo
Núñez, Caracas, 7 de noviembre de 1899.
[2] Citando en Prólogo de Federico Brito Figueroa en el
libro “Origen del capital norteamericano en
Venezuela”, Fondo editorial Lola de Fuenmayor, Centro de
Investigaciones Históricas- Universidad Santa
María, Caracas, Venezuela, 1984, pág. XXXVII.
[3] Ut supra, pág. XXXVII.
[4] Ut supra, pág. XXXVIII.
[5] Ut supra, XXXIX.
[6] Ut supra, XXXIX.
[7] “Recuerdos”, Manuel Antonio Matos, Imprenta El
Copo, Caracas, 1927.
[8] Prólogo de Federico Brito Figueroa en el libro
“Origen del capital norteamericano en Venezuela”,
Fondo editorial Lola de Fuenmayor, Centro de Investigaciones
Históricas- Universidad Santa María, Caracas,
Venezuela, 1984, pág. XLII.
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