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El fin de la URSS: Días que cambiaron al mundo Imprimir E-Mail
Fuente: argenpress.info   
jueves, 10 de enero de 2008
El Ejercito Rojo: Simbolo de la URSS, ahora de Rusia, que comienza a retomar la baza.

Por Jorge Gómez Barata [argenpress.info].

Artículo completo: Partes, I, II, y III.

Parte I

En fechas en que casi todas las personas encontraban motivos para celebrar, 16 años atrás, en 1991 implotó la Unión Soviética. De un día para otro desapareció una de las dos superpotencias mundiales, el mayor estado y la segunda potencia economía del mundo, culminando el mayor ajuste territorial y geopolítico de la modernidad.

Aunque Estados Unidos proclamó su victoria en la Guerra Fría, su accionar anticomunista respaldado por todo occidente y apoyado por papas, rabinos y ayatolas, no hubieran sido suficientes para frustrar 70 años de esfuerzos para edificar una alternativa socialista.

La andadura que condujo a la debacle comenzó a gestarse en los orígenes mismos, cuando en medio de las urgencias de la lucha, en aras de tareas tácticas y soluciones coyunturales, se introdujeron deformaciones que, a la larga, comprometieron a la revolución. El hecho de que tales pasos se dieran por líderes legítimos, que actuaron de buena fe, es una explicación no una excusa.

Aunque develar las causas de aquella catástrofe es una asignatura pendiente, se puede adelantar que aun cuando se trató de un dilatado proceso histórico en el que convergieron multitud de causales internas y externas, la estocada decisiva vino desde dentro, paradójicamente, de quienes con mayor celo decían defenderla: sus líderes, el partido y su “aparato”.

Aunque difícilmente un hecho de semejante magnitud pueda ser individualizado, los nombres de Iósiv Stalin, Mijail Gorbachov y Boris Yeltsin sobresalen. Ninguno puede evadir sus responsabilidades históricas ni esperar aplauso. Cada uno en su momento, traicionaron a quienes le confiaron su destino y el del país y, aquellos que los usaron, hace mucho tiempo olvidaron sus favores.

Sobre la matriz del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, fundado en 1883 por Georgi Plejanov para la lucha política legal, Lenin creó el Partido Bolchevique que, desde la clandestinidad, el exilio y el destierro, preparó y encabezó la Revolución, condujo la lucha contra la contrarrevolución y la intervención extranjera y avanzó el primer tramo en la construcción del socialismo en la URSS.

Para cumplir la función de estado mayor de la revolución y sobrevivir a la represión zarista, el partido prescindió de elementos esenciales en la vida interna de una entidad política, entre ellos a la democracia, la crítica y el debate, prácticas imprescindibles, a las que renunciaron para, a propuesta de Lenin, adoptar el “centralismo democrático”. Aunque aquella doctrina organizativa aportó ventajas tácticas y evitó que el partido se convirtiera en un “club de discusión”, sembró semillas de burocratismo y autoritarismo.

No obstante, bajo la conducción de Lenin, la democracia y la dirección colectiva no fueron completamente anuladas, entre otras cosas por su estilo de gobernar, basado en la utilización de las palancas del Estado y del gobierno; reservando al partido como entidad política.

Durante su intensa ejecutoria, en el partido, Lenin prescindió de cargos y jerarquías, excepto en lo referido a los órganos de dirección colegiada, cuyos acuerdos respetaba escrupulosamente, incluso cuando las decisiones le eran adversas y naturalmente, la autoridad derivada del reconocimiento de los meritos y experiencias que sustanciaron su propio liderazgo.

El triunfo de la revolución y la guerra civil dieron lugar al explosivo crecimiento del partido, que pasó de unos 25 000 militantes en 1917 a varios millones unos años después, circunstancia que unida a las responsabilidades que implicaban la edificación y conducción del nuevo sistema político, aconsejaron la creación de un aparato integrado por funcionarios profesionales, inicialmente agrupados en el Departamento de Organización, que junto a un secretariado se encargaría de los asuntos del partido.

En aquella coyuntura y asociado al fin de la Guerra Civil y a los ajustes organizativos, algunos miembros de la dirección partidista encabezados por Trotski, insistieron en que había llegado el momento en que el centralismo instalado por necesidades prácticas, cediera en beneficio de una mayor democracia al interior del partido, el gobierno, los soviets e incluso en la sociedad.

Con la muerte de Lenin en 1922, todos los intentos renovadores se paralizaron, planteándose el problema de la sucesión que dividió y enfrentó a la vieja guardia bolchevique, obligada a tomar parte en la feroz lucha desatada entre Trotski y Stalin.

Usando el poder acumulado en el proceso de la construcción del aparato partidista, encargado entre otras cosas de colocar los cuadros en los diferentes cargos, Stalin prevaleció, no sólo sobre Trotski, sino sobre el partido, los soviets, la sociedad e incluso el propio Lenin cuyo testamento ignoró. En aquella confrontación, la primera baja fue la esperanza de una democratización del partido y de una apertura en la sociedad. Tardarían muchos años para que se presentara otra oportunidad.

Desde su retiro, virtualmente en su lecho de muerte, obsesionado por lo que percibía como un crecimiento desmesurado de la burocracia estatal y partidista, en un postrer esfuerzo por salvar la obra a la que había dedicado toda su vida, Lenin encontró fuerzas para clamar por la integración de un mayor número de obreros al Comité Central, tramitar la creación de un órgano de control obrero y campesino que fiscalizara al poder y redactar un testamento. No fue escuchado.

Con la aparición del Stalinismo comenzó la cuenta regresiva del modelo socialista soviético.

Parte II

En la navidad de 1991 al renunciar, Mijail Gorbachov se convirtió en el último Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética y en el primero en dejar el cargo. Con él desapareció el partido, se cerró el ciclo que proclamó la aspiración a edificar un mundo nuevo y se abrió una era restauradora. La debacle comenzó con Stalin.

Stalin, Georgiano de nacimiento y el de origen más humilde entre los líderes soviéticos, sufrió cárcel y destierro, acumulando meritos revolucionarios hasta figurar entre los elementos más destacados de la vanguardia bolchevique, llegando a ser uno de los hombres más cercanos a Lenin a quien sucedió como máxima figura del partido y el gobierno.

Absorbido por las enormes responsabilidades que la revolución, la guerra civil y la agresión extranjera arrojaron sobre él, Lenin le confió las tareas organizativas y la conducción del trabajo partidista, responsabilidad que reforzó su capacidad para influir sobre el partido; circunstancias a la que se suma que Trotski, en su calidad de Comisario para la Defensa, vivió los primeros años posteriores al triunfo en los frentes, alejado de Moscú, al margen de las intrigas palaciegas, apartado de la actividad teórica y de la dirección partidista.

Para hacerse con el poder, Stalin hizo que el partido ignorara el testamento de Lenin, que le era particularmente desfavorable, se ensañó con Trotski, que después de Lenin, era la más brillante, prestigiosa y romántica figura de la revolución, a quien despojó de sus cargos, acorraló, deportó, expulsó de la Unión Soviética y persiguió hasta alcanzarlo en el refugio que en México, a instancias de Diego Rivera y Frida Kalho, le facilitó Lázaro Cárdenas.

No obstante, el debilitamiento del partido ocasionado por la vigencia de métodos y estilos de trabajo que excluyeron la dirección colectiva, el debate, la critica y permitieron la manipulación de las elecciones y otras deformaciones, a lo que se suma la muerte en los combates de la Guerra Civil y contra la intervención extranjera de miles de sus cuadros y militantes, todavía el partido hizo resistencia y no se doblegó sin luchar intensamente.

Sin consideraciones de ningún tipo, Stalin acudió a la represión más brutal y a la escandalosa violación de la legalidad socialista. Mediante falsas acusaciones, procesos sumarios amañados, ventilados en tribunales manipulados, encarceló, desterró y ejecutó virtualmente a toda la vieja guardia leninista.

Las más grandes figuras del bolchevismo, líderes del partido y el gobierno soviético, generales, mariscales y miles de oficiales y jefes militares, elementos de la seguridad del Estado y del sistema judicial, periodistas e intelectuales, fueron encarcelados, deportados, neutralizados por el pánico o eliminados durante la década del treinta.

En medio de tan desafortunadas circunstancias, el de 22 de junio de 1941, en un frente de más de 3000 kilómetros desde el Artico hasta el mar Negro, la maquinaria bélica de Hitler, con los recursos materiales de toda la Europa ocupada, se abalanzó sobre la Unión Soviética.

Ante la enormidad del peligro, Stalin llamó a la Guerra Patria y fue respaldado. El partido y el pueblo pasaron por alto los agravios, depusieron las objeciones y cerraron filas. Muchos cuadros que habían sido purgados e incluso encarcelados salían del ostracismo, de la cárcel y de los campos de trabajo para ocupar puestos de responsabilidad en las fuerzas armadas y el partido y numerosos jefes militares partían directamente de los campos de prisioneros para el frente donde tomaban el mando de regimientos y divisiones.

Paradójicamente, en aquella coyuntura y ante tareas que aunque inmensas no lo excusan, el carácter enérgico de Stalin y sus tendencias autoritarias, se revelaron como elementos cohesionadores y, en su contradictoria estampa, encarnó el valor y la tenacidad con que los pueblos de la Unión Soviética enfrentaron al fascismo.

La contienda terminó con la victoria, pero no cambió a Stalin, que al morir en 1953 dejó tras sí un país que, aunque se había convertido en una superpotencia, estaba herido de muerte por el quebrantamiento de sus instituciones, principalmente de su partido dirigente.

Contradictoriamente, en la guerra y la resistencia, cuando la importancia de los procedimientos y la democracia disminuyeron y ajeno mezquinos manejos y de luchas por poder o prebendas, el partido creció moral y numéricamente; sus filas se llenaron de héroes y sus dirigentes fogueados en los combates, alcanzaron una enorme autoridad, circunstancias que le permitieron emprender lo que pudo ser una profunda rectificación.

El partido que Lenin había forjado, encontró reservas morales para en su XX Congreso, denunciar a Stalin y juzgarlo con la severidad merecida. Parecía increíble que un líder seguido por millones de militantes que con su nombre en los labios se lanzaban al asalto de los bastiones nazis, morían en los campos de exterminio, languidecían en las prisiones y soportaban las más humillantes vejaciones, hubiera incurrido en tantas y tan graves faltas. El país y el mundo quedaron anonadados por las revelaciones. Muchos no las creyeron y todavía hay quienes dudan.

La corrección del rumbo iniciada entonces no fue completa ni profunda, de lo que obviamente no se puede culpar a Stalin. Entre su muerte en 1953 y el fin de la Unión Soviética transcurrieron casi cuarenta años. ¡Tiempo hubo para rectificar! Por qué no fue posible hacerlo es otra y la misma historia.

Parte III

Según afirmaciones de Mijail Gorbachov, el proceso que él condujo y que en la Navidad de 1991 dio lugar a la desaparición de la Unión Soviética, era una rectificación destinada a salvar al socialismo. Fue la segunda ocasión en que, desde la cúpula del partido comunista se intentaba una corrección de fondo. La primera resultó fallida, la última catastrófica.

El primer intento comenzó en 1956, en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, cuando Nikita Kruschov presentó un informe en el que se revelaron los errores, abusos y crímenes cometidos por Stalin, todavía encubiertos por un eufemismo cuidadosamente elaborado: “culto a la personalidad”.

Aquella rectificación no fue profunda, real ni eficaz y aunque, de momento, frenó el deterioro del sistema socialista, no tocó fondo, entre otras cosas porque los métodos utilizados no permitieron al partido sacar las debidas conclusiones.

El llamado deshielo, realizado a partir de un “informe secreto”, conducido desde arriba y limitado a rehabilitaciones simbólicas y medidas administrativas sin rozar las estructuras de la sociedad, el poder, la economía, la administración de justicia y otras, unido a la carencia de democracia y transparencia y lo peor, sin protagonismo alguno de las bases del partido ni del pueblo, incurría en el error que pretendía corregir. En realidad fue un proceso esencialmente burocrático en el que la tara stalinista se hizo visible.

De modo fatal se reveló hasta que punto el stalinismo y sus nefastas prácticas habían infectado la sociedad soviética, otorgándole a la primera experiencia socialista un perfil que, justificado con la inviable idea de la dictadura del proletariado, se conformó con la carencia de instituciones realmente participativas, importantes déficit de democracia, libertades públicas y transparencia. El centralismo democrático, trasladado mecánicamente e impuesto en toda la actividad política y legislativa, al gobierno, a la economía y a toda la vida social fue funesto.

La revolución educacional por la que Lenin, Trotski y la vanguardia bolchevique trabajaron intensamente y que avanzó extraordinariamente en las esferas científico técnica, en la industria de defensa y en la construcción de la economía nacional; en el campo cultural languideció aferrada al dogmatismo y a los estrechos cánones del “realismo socialista”.

Algo semejante ocurrió con la labor de investigación y elaboración teórica y la vida académica en el campo de las ciencias sociales donde, a pesar de existir una voluminosa actividad, el contenido se redujo a una estéril remasticación de los planteamientos y las ideas, atinadas o no, de Marx, Engels, Lenin y, durante un tiempo, de Maosedong, convertidos en dogmas y artículos de fe.

Al no conceder espacios para la duda, tampoco los hubo para las certezas. Se canceló toda verdadera indagación y se abrieron anchos causes al oportunismo asociados a las cuestiones teóricas. En la prensa y la labor editorial la censura se ejerció con criterios sumamente estrechos y de modo inapelable, no hubo oportunidades para la experimentación e incluso algunas disciplinas científicas en fase de desarrollo, no fueron tomadas en cuenta.

La mejor prueba de la indigencia a que condujo el dogmatismo y excomulgación de los herejes, es que muertos Lenin, Trotski y el resto de los intelectuales bolcheviques, nunca más el socialismo real produjo una tesis sociológica interesante, no adelantó ninguna hipótesis en materia de organización política de la sociedad, no elaboró técnicas económicas y de administración eficaces y renovadoras; para colmo ni siquiera se redactaron biografías con calidad de Marx, Engels Lenin, incluso del propio Stalin. La pobreza teórica llegó a la indigencia.

La prueba del fracaso de la rectificación auspiciada por Kruschov lo aportó su trágico destino al ser brutalmente cesado en 1964 como parte de un ajuste de cuentas palaciego, según algunos enterados, un virtual Golpe de Estado, en el que no era difícil descubrir rémoras del pasado que él, con indudable valentía política, trató de rectificar. La defenestración de Kruschov trajo a la escena a Leonid Breznev.

Breznev que, a la muerte de Stalin tenía casi 50 años, incluso en 1939 fue Secretario General del Partido en Ucrania y Comisario Político en el Ejército Rojo y, en 1956 llegó al Secretariado del Comité Central en Moscú. Colaborando con Kruschov en su esfuerzo rectificador. En 1957 se convirtió en miembro de Presidium del Soviet Supremo y en 1960 fue elevado a la categoría de Jefe de Estado. Considerado uno de los artífices de la destitución de Kruschov, lo sucedió como Secretario General del Partido.

Inicialmente la gestión de Breznev se vio beneficiada por la relativa apertura que, de todas maneras, acompañó a la desestalinización, por cierta bonanza económica derivada de haber sanado las heridas de la II Guerra Mundial y de la aplicación a la economía de la revolución científica y técnica y, en el plano internacional, por la llegada al poder en Europa de políticos modernos y más realistas que impulsaron la “detente”.

Sus logros en materia de control de armas y en la política de distensión con los Estados Unidos no compensaron los costos de las intervenciones en la Checoslovaquia de 1968 y Afganistán en 1979.

Si bien el largo reinado de Breznev no representó un retroceso a los tiempos anteriores a Kruschov, tampoco aportó nada a la renovación que aquel había iniciado. Más que por su dinamismo se le recuerda por su inmovilismo. Fue una oportunidad perdida. Entonces nadie lo sabía: era la última.

El siguiente capitulo fue una historia lamentable y casi la: “Crónica de una Muerte Anunciada”.
 
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