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“En la cuna de toda ciencia yacen teólogos extinguidos, como las serpientes estranguladas junto a [la cuna de] Hércules.” Thomas H Huxley |
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Caminos de la revolución latinoamericana |
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Fuente: visionesalternativas.com
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miércoles, 13 de febrero de 2008 |
Completo (Partes I, II,
III, IV, V, VI, VII, VIII, IX y X).
Por Jorge Gómez Barata [Visiones Alternativas].
Parte I
“Revolución es sentido del momento
histórico…” (Fidel Castro)
La lucha revolucionaria no puede depender de oportunidades fortuitas ni
subordinar sus objetivos estratégicos a coyunturas
más o menos circunstanciales, aunque debe ser
suficientemente flexible como para percibir el momento en que
determinadas tendencias objetivas se estabilizan, indicando la
conveniencia de maniobrar. Empecinarse y no ser consecuente con esos
fenómenos puede conducir al estancamiento y lo que es peor,
a la derrota.
En la década de los sesenta, cuando el imperio
reaccionó con toda su fuerza y su furia contra la
Revolución Cubana y su ejemplo y, en el entorno tercer
mundista, especialmente latinoamericano, usó todo su
poderío económico, político y militar,
su capacidad para el sabotaje y el terrorismo y movilizó sus
infinitas posibilidades para corromper y manipular, la lucha
revolucionaria por vías electorales, en América
Latina era esencialmente inviable.
En aquella época, auspiciada por la experiencia cubana y la
certeza de que otros caminos estaban cerrados, la lucha armada
ofreció una opción. Entonces, al interior de la
izquierda latinoamericana se abrió un debate en torno a la
viabilidad de uno u otro método de lucha.
Aquella coyuntura histórica coincidió con un
momento de vigencia del dogmatismo promovido desde la Unión
Soviética, que entonces ejercía una influencia
hegemónica en el movimiento comunista internacional, era
reciente la denuncia al stalinismo comenzada en 1956 que
alimentó el conflicto chino soviético,
fenómenos que en su conjunto y asociados al predominio de la
ideología liberal, contribuyeron a la división de
la izquierda internacional, que se reflejó muy negativamente
sobre el movimiento de Liberación Nacional en
América Latina.
Entonces el imperialismo norteamericano acudió a todas sus
armas para derrotar a Cuba de cualquier manera y a cualquier precio,
trató de neutralizar el auge revolucionario en
América Latina mediante la Alianza para el Progreso y,
cerró filas con la oligarquía
vernácula, llamando a la escena a sus reservas
más confiables: los militares tradicionales convertidos en
los dictadores que tomaron el mando en el Cono Sur.
A pesar de reveces circunstanciales y excepto en la Nicaragua
sandinista, los resultados de la lucha armada no se concretaron de modo
directo, el debate político y los diferentes esfuerzos
contribuyeron a la maduración de las fuerzas progresistas,
evidenciada entre otros, en los procesos políticos
desplegados por los gobiernos de Velasco Alvarado en Perú,
Omar Torrijos en Panamá, Jaime Roldós en Ecuador,
Juan José Torres en Bolivia, Maurice Bischop en Granada,
Michael Manley en Jamaica y otros que ejemplifican el sentido
progresista de los cambios políticos.
El ejemplo limpio y legítimo del triunfo de Salvador Allende
permitió otra mirada al panorama latinoamericano,
así como la forma brutal como el fascismo y el imperio, con
la complicidad de la reacción internacional, alertaron de su
capacidad para complotarse con las oligarquías locales para
frenar a las fuerzas progresista, aunque para ello tuvieran que acudir
a métodos hitlerianos, implementados en nombre de la
democracia por Kissinger y Nixon y tolerados por Europa que
miró para otro lado.
La represión de cada una de las dictaduras sudamericanas y
el plan Cóndor rectoreado por la CIA y los Estados Unidos
que globalizó la reacción a escala regional, no
sólo costaron la vida a decenas de miles de patriotas,
revolucionarios y hombres y mujeres progresistas del continente, sino
que suprimieron físicamente a toda una generación
revolucionaria.
No obstante, el imperio no logró su objetivo y, aunque
pagando un precio enorme, Cuba no fue aplastada y las tendencias
más avanzadas del pensamiento y la práctica
revolucionarias no sólo sobrevivieron sino que se
consolidaron.
Para los más jóvenes, es prudente recordar que la
Revolución Bolivariana, los procesos políticos
que llevaron al poder al Partido del Trabajo en Brasil, el retroceso
del fascismo en Chile, el magnifico triunfo popular en Bolivia, los
avances de las fuerzas progresistas en Ecuador, los adelantos frente al
neoliberalismo en Argentina, el éxito de la izquierda unida
en Uruguay, los pasos progresos en Paraguay, el retorno del Sandinismo
al poder en Nicaragua y las perpesctivas de las fuerzas progresistas en
Centroamérica, son parte de un proceso integral.
Hay mucha tela por donde cortar y muchísimas razones para
afirmar que el magnifico, aunque complejo panorama de hoy en cada
país, es en parte un proceso conjunto, una obra de todos que
todos deberíamos cuidar, proteger y hacer avanzar, sobre
todo cuando se trata de criaturas que han nacido y comenzado su
andadura histórica.
Cuando la nueva y magnifica hornada de líderes
latinoamericanos del momento, con matices y emociones personales
aparte, reconocen en Fidel Castro, Che Guevara y la
Revolución Cubana un antecedente, un estimulo, un magisterio
y un motivo de inspiración, no sólo expresan
merecidas simpatías hacía un líder y
un proceso, sino que reflejan los contornos de una etapa
histórica.
Parte II
La Revolución Bolivariana síntesis de un
inédito fenómeno geopolítico
Descontando el trauma de la conquista; de la independencia a la
Revolución Cubana, América Latina
acumuló una impresionante colección de
frustraciones. Ninguna de sus naciones, algunas grandes y ricas,
progresó lo suficiente para cruzar el umbral del desarrollo
y ni siquiera la democracia liberal funcionó establemente en
ellas.
No se trata de que faltaran talento y disposición para el
trabajo, espíritu de sacrifico ni consagración al
deber; abundaron los líderes y siempre hubo razones y
paradigmas pero, jamás se juntaron todos los factores
necesarios para impulsar y equilibrar un esquema de progreso,
desarrollo y gobernabilidad aceptable. El fracasó de la
evolución hizo necesarias las revoluciones.
Las revoluciones nunca son exclusivamente nacionales ni locales y sin
excepción, de una u otra manera, todas necesitan del
respaldo y la solidaridad que los revolucionarios no escatiman. Como es
usual en los deportes de equipo, en los momentos decisivos, el conjunto
apoya al jugador más adelantado, habilitando al mejor
ubicado. En América Latina hoy esa posición la
ocupan Venezuela y Chávez.
La Revolución Bolivariana síntesis de un
inédito fenómeno geopolítico,
constituido por la única Nación que despliega una
revolución sin apremios económicos y que suma a
la capacidad de convocatoria de su proceso la disposición
para desplegar con audacia y generosidad proyectos integracionistas y
de colaboración, es ahora el fiel de la balanza, las
coordenadas por donde pasan las mejores oportunidades, no
sólo para Venezuela, sino para Sudamérica,
América Latina y parte del Tercer Mundo.
En los anales de las luchas sociales y revolucionarias abundan los
momentos en los que una vanguardia ha sacrificado, aplazado o depuesto
objetivos nacionales, aspiraciones locales, incurridos en riegos o
adquirido compromisos en aras de apoyar a otros, favorecer a un aliado
o beneficiar al movimiento en su conjunto. De esos hechos los
más cercanos y conocidos son los que involucran a la
revolución cubana.
Cuando se trata de procesos políticos de largo aliento, como
los que ahora tienen lugar en Sudamérica, esa coherencia no
requiere de peticiones o acuerdos puntuales, sino que se forma con la
naturalidad de lo obvio, como si dijéramos, de oficio.
Eso explica que enfoques y diferencias aparte, personalidades como
Fidel Castro, Lula, Kirchner, Evo, Tabaré y otros
líderes políticos a los que se suman
intelectuales, académicos, hombres de ciencia, artistas y
luchadores sociales, respalden decisivamente e incluso se sumen a los
proyectos integracionistas, las posiciones políticas, las
acciones puntuales y las esencias de la Revolución
Bolivariana.
Las circunstancias políticas de la región,
formada no sólo por las realizaciones y los avances, sino
también por los desafíos y los riesgos y no
sólo motivos sentimentales y humanitarios, explican el
unánime y decidido apoyo que recibió la
gestión humanitaria asociada con las personas retenidas en
Colombia.
Para los gobiernos avanzados de la región fue obvio que
determinadas circunstancias, entre ellas la petición de los
familiares, colocaron al presidente Chávez ante una tarea de
enorme complejidad y riesgos de seguridad, pero que significaba una
posibilidad para avanzar en el empeño por desactivar un
problema que por su naturaleza militar y sus implicaciones externas,
obstaculiza los procesos políticos y la
integración en la región y posee potencial para
afectar la seguridad y la estabilidad en una región envuelta
en una coyuntura a la vez que histórica, sumamente delicada
y peligrosa.
El eterno conflicto armado en Colombia, estancado en unas tablas
virtuales y que hace tiempo trascendió los
límites de un contencioso civil de escala local que, con el
involucramiento directo y masivo de los Estados Unidos que provee apoyo
económico, logístico, de inteligencia y
operativo, se ha transformado en un elemento que afecta la seguridad de
toda la región, en especial a los procesos
políticos más avanzados.
El hecho de que se libren operaciones militares en las inmediaciones de
la extensa frontera entre Venezuela y Colombia y haya presencia
norteamericana en la zona, crea premisas y riesgos para provocaciones
del imperialismo, incluso al margen del gobierno colombiano.
Las constantes apelaciones de Chávez a la paz, no obedecen
sólo a los deseos universales de convivencia que todos los
hombres de buena voluntad comparten, sino que es un llamado urgente y
que requiere de una respuesta política madura. Es obvio que
Chávez no está apelando a la buena fe del imperio
ni a la oligarquía colombiana, sino a los revolucionarios y
patriotas colombianos. Ojalá sea escuchado.
Parte III
Una nueva etapa de la larga marcha hacia el triunfo popular
En los años sesenta el pensamiento político
latinoamericano fue estremecido como por un terremoto: era la
Revolución Cubana; una nueva experiencia y un liderazgo
joven que debutaba por el inexplorado camino de la lucha armada y que,
incluso antes de proclamarse socialista, era portador de un modelo
diferente. Entonces como ahora, la liberación nacional y la
derrota de la oligarquía eran alternativas avanzadas.
Nunca se había asistido a un fenómeno semejante.
Para muchos era una excepción irrepetible, para otros un
signo de nuevos tiempos, algunos la consideraban una
anomalía y otros un escándalo. Los más
sorprendidos y beligerantes fueron los propios revolucionarios.
Inmediatamente se abrió debate, que no obstante reflejar
profundas diferencias e incluso contradicciones, no tuvo efectos
paralizantes. Tanto los que optaban por la vía armada como
quienes creían en los métodos tradicionales de la
lucha de masas y otros que confiaban en la vía electoral,
siguieron luchando. Fidel Castro trasladó al
ámbito latinoamericano y tercer mundista la
vocación unitaria que ejerció en Cuba y, a pesar
de ser un innovador, actúo como promotor del consenso.
A diferencia de otros actores políticos, los partidarios de
la lucha armada en ámbitos rurales, no descartaron otras
formas de lucha. De diferentes formas los pueblos, las organizaciones
populares y de clases y los líderes, la juventud ilustrada,
los militares progresistas, elementos del clero y de la academia,
sensibilizados con las causas populares, intentaron luchar. La variedad
y la discusión contribuyeron a la maduración de
un pensamiento político, a la larga renovador y plural.
Donde no hubo matices fue en la reacción interna y externa
convertida en una y la misma cosa que, conducida por Estados Unidos
respondió en toda la línea y en todos los
escenarios. Para aquellas fuerzas, no sólo Cuba era
inaceptable, también lo eran los gobiernos de Joao Goulart,
(1961) Velasco Alvarado (1968), Omar Torrijos (1968),
Roldós, (1979)
Estados Unidos tomó el mando, organizó la
contrainsurgencia, recibió militares en sus escuelas y
envío asesores para organizar la represión y la
tortura. Los jóvenes guerrilleros y los luchadores urbanos,
en ocasiones abandonados por las estructuras políticas
tradicionales, no resistieron el empuje de fuerzas infinitamente
superiores que contaban con todos los recursos de hombres, armas,
logística e inteligencia. El imperio y las
oligarquías no repararon en destruir las frágiles
estructuras democráticas e instalar en el poder a nuevos
dictadores.
En un ambiente de enormes tensiones, el talento, la coherencia y el
prestigio de Salvador Allende obró el milagro de unir a la
izquierda chilena y concitar el respaldo popular para hacer avanzar un
proyecto popular, modernizador, desarrollista y esencialmente
socialista. Médico y hombre de paz, Allende
soñó con lograr avances socialistas sin, como
ocurría en algunos países europeos, abandonar los
cánones democráticos. En 1970 llegó al
poder pero no pudo consolidar la victoria; no sólo porque en
su camino se atravesó Pinochet, sino porque lo hicieron
Nixon y Kissinger.
Como para dar coherencia a la estrategia de la reacción, los
dictadores produjeron el único movimiento integracionista
que de ellos podía esperarse: el Plan Cóndor. Los
muertos y encarcelados, los desparecidos y los exiliados, en
número de decenas de miles, eran las élites que
hubieran podido hacer avanzar sus países. Los opresores no
vacilaron en exterminar a toda una generación
revolucionaria. En sociedades descabezadas no fue difícil
imponer los esquemas neoliberales, destruir el sector
público, debilitar el movimiento obrero y la sociedad civil
y dispersar los remanentes de las fuerzas revolucionarias.
El imperio y las oligarquías subestimaron la enorme
capacidad y las reservas morales de los pueblos y tampoco se percataron
de que los procesos socioeconómicos tiene una marcha
inexorable, un signo que puede ser administrado mas no omitido.
El peronismo encontró fuerzas y razones y de sus maltrechas
filas extrajo los líderes para confrontar el entreguismo de
Menem, enfrentar la crisis y enderezar el país, Brasil
votó por el Partido del Trabajo y Uruguay por el Frente
Amplio; no obstante, la vida política estaba ralentizada.
Todo cambió cuando en 1999 llegó el Comandante y
mandó a parar, esta vez no era Fidel Castro, sino Hugo
Chávez, que inició una segunda
revolución en la misma generación a la que los
procesos encabezados por Evo Morales y Rafael Correa confieren
dimensiones continentales.
Con los procesos políticos en Venezuela, Bolivia y Ecuador,
el crecimiento de los movimientos sociales y con ellos el protagonismo
de la sociedad civil, la negativa de amplios sectores populares
mexicanos a aceptar el secuestro de su voluntad expresado en el despojo
de que fue objeto López Obrador y otros acontecimientos,
forman una nueva etapa de la larga marcha de la revolución
latinoamericana.
Parte IV
Las revoluciones no son hechos sino procesos
Entender los fenómenos sociales desde una perspectiva
científica requiere adoptar una metodología y ser
consecuente con ella. Desde mí punto de vista el marxismo es
la mejor, no es químicamente pura, no es la única
ni es incompatible con otras. En este terreno, como afirma el profesor
Nicolás Ríos: “La verdad es
mezcla”. (1)
Para Carlos Marx la revolución no es un accidente, sino un
elemento del devenir histórico, un producto del desarrollo y
no del estancamiento, un hecho positivo y no una tragedia; exactamente
un proceso capaz de caracterizar a toda una época
histórica que, en los países más
desarrollados, avanzaría más o menos
simultáneamente, hacía una especie de
socialización y, sobre la base de la elevación de
la productividad del trabajo, haría posible una
más equitativa distribución de la riqueza social.
Aunque la izquierda más ortodoxa no lo admita, al mezclarse
con la democracia liberal, con el progreso cultural y con el
crecimiento de la sociedad en todos sus aspectos, en algunos lugares ha
ocurrido más o menos así, cosa que dado su
reducida escala es irrelevante.
El hecho de que en algunos países nórdicos, en
media docena de naciones de Europa occidental y en los Estados Unidos
se registren impresionantes avances en el nivel de vida y se apliquen
políticas sociales de inspiración socialista, no
concede validez a un punto de vista que trata de sustentar
regularidades que intentan respaldar la historia en su conjunto.
No es que Marx y otros sabios se equivocaran, sino de que ciertos
eventos, en gran medida fortuitos, torcieron el rumbo de la historia y
alteraron la lógica del desenvolvimiento de la
formación económico y social capitalista; el
principalmente las condiciones en que tuvieron lugar el descubrimiento
de América, la conquista, la colonización, la
trata de esclavos y los sucesivos repartos territoriales del mundo,
procesos históricos que sirvieron de base para la
formación del mercado internacional y la
mundialización del sistema.
No es que en Asia, Africa y América Latina el capitalismo
haya fracasado, sino que no llegó a desplegarse. Como
resultado de una paradoja perfecta la anarquía propia del
sistema actuó contra si mismo.
Tal vez esos fenómenos que cambiaron el rumbo de la historia
explican la necesidad de las revoluciones sociales, no en los
países altamente desarrollados donde la evolución
funcionó, sino donde no le permitieron hacerlo. Las grandes
revoluciones sociales del siglo XX sólo ocurren
allí donde son necesarias, exactamente en el Tercer Mundo,
México, Rusia, Cuba y Venezuela son otras tantas paradas de
un proceso global.
Las revoluciones no son hechos sino procesos; nunca son exclusivamente
locales, no pueden asumirse como puntos de llegada, sino de partida, no
son destinos sino caminos; no comienzan y terminan sino que se renuevan
constantemente, incluso cuando parecen desmentirse.
La Revolución Bolivariana se emparenta con la cubana, como
ésta lo hace con la mexicana y todas con la de octubre de
1917 y también, por multitud de vasos comunicantes, con la
norteamericana y la haitiana.
Las revoluciones no son ajenas a otras realidades que las mediatizan,
las aceleran o ralentizan ni a las fuerzas humanas que pueden
radicalizarlas, paralizarlas o enrutarlas por caminos que naturalmente
no hubieran sido los suyos. La historia, incluyendo la de las
revoluciones no es una línea recta y ascensional, sino un
zigzag, una suma de avances y retrocesos, de batallas que se ganan y se
pierden y, en cualquier caso, hechura de hombres que otros
congéneres, movidos por otros intereses obstaculizan.
Quien pretenda entender la Revolución Cubana o la
Bolivariana como hechos aislados se equivocan tanto como quien trate de
concebirlas dependiendo una de otra. Se trata de un tronco
común que se reproduce tanto en los retoños que
crecen más de prisa y los que maduran lentamente, en los que
florecen e incluso en aquellos que se secan. Todo forma parte de un
tejido complejo, movido al ritmo de aquello que Hegel y Marx llamaron
dialéctica.
La revolución latinoamericana que tal vez comenzó
con José Martí, que vivió lo
suficiente para unir en un solo empeño la lucha por la
independencia con la liberación nacional y el
antiimperialismo, esfuerzo regido por el liberalismo más
puro, continuó en el México de Zapata y Villa, se
elevó, difundió y consolidó bajo la
conducción de Fidel Castro y hoy vive un momento magnifico
en el Cono Sur y en Centroamérica.
De ese proceso histórico, que no ocurre al margen de los
líderes, pero que ningún sátrapa puede
impedir, forman parte los radicales y los reformistas, los audaces y
los conservadores, los creyentes, los agnósticos y los
ateos, los marxistas y los liberales y todos los que honradamente se
comprometen con luchar por el porvenir de sus pueblos. Las ideas
políticas más avanzadas son las pertinentes y los
métodos de lucha idóneos son aquellos que los
pueblos apoyan. En la Declaración de La Habana, es imposible
encontrar una exclusión.
Retar a la oligarquía y al dominio imperial, confrontar al
neoliberalismo y auspiciar el progreso con inclusión de las
mayorías y justicia social y ser solidario con otros
procesos, sin sectarismos absurdos y sin convertir en tema de debate
los enfoques particulares y los estilos que diferentes
líderes, incorporan a cada proceso y al movimiento en su
conjunto, son parte de las tareas revolucionarias del momento.
La Revolución Bolivariana no creó el escenario
político existente en la América Latina de hoy,
sino al revés, con la particularidad de contar con un
liderazgo capaz de percibir el signo de los tiempos, sumarse a las
tendencias dominantes en el desarrollo histórico y poner sus
magníficos recursos materiales y políticos en
función del proceso revolucionario en su conjunto.
Chávez aporta al proceso histórico, porque viene
de él y con él se identifica.
Cuando se acusa a Chávez de usar el petróleo como
arma revolucionaria, en realidad se le elogia; exactamente lo mismo
hace Cuba con sus médicos y sus maestros, porque
enseñar y curar, lo mismo que combatir la pobreza, el
racismo y la exclusión, son tareas revolucionarias.
En su tiempo lo hizo la Unión Soviética con sus
recursos; cosa que, dicho sea de paso, no es muy diferente de
cómo, en su momento actuaron los presidentes norteamericanos
Wilson, Harding y Coolidge al condonar las deudas adquiridas por Europa
en la Primera Guerra Mundial y Truman e Eisenhower al bendecir el Plan
Marshall. Lo diferente fue el signo y el destino de los bienes y por
supuesto, los beneficiarios.
Nota:
1) Nicolás Ríos. Periodista cubano de limpia y
nunca desmentida trayectoria profesional en la patria y la
emigración. En su juventud activista en el movimiento
estudiantil en la Universidad de La Habana de la que luego fue
profesor. Participó activamente en la lucha contra la
dictadura de Batista, dirigente de organizaciones católicas
laicas, uno de los fundadores del partido Liberación
Radical, primer partido político cubano de
inspiración cristiana, director de la revista Contrapunto
editada en Miami. Uno de los promotores de los seminarios sobre
Democracia Participativa celebrado en Cuba en la década de
los noventa. Emigró de Cuba, se radicó en
España y luego en Miami.
Parte V
Se
debe ser «marxista» como se es
«newtoniano» en física, o
«pasteuriano» en biología...
Excepto los preceptos teóricos y metodológicos
incorporados a la sociología y a las ciencias sociales y que
forman parte del patrimonio científico universal, el
marxismo, es decir la parte de la obra de Carlos Marx asociada al
proceso histórico concreto, a la lucha de clases, a la
revolución social y el comunismo, yace bajo una
montaña de: ignorancia, interpretaciones torcidas,
manipulaciones, falsificaciones, dogmas, conclusiones
erróneas y por las ruinas de lo que fueron la
Unión Soviética, el campo socialista europeo y el
movimiento comunista internacional.
Antes ni después de Marx, un científico tuvo que
soportar el ataque de todos los gobiernos y la reacción
europea que, ni siquiera cuando la Iglesia asoció la
innovación cientifica a la herejía, trabajaron
con tanta vehemencia para aniquilar una doctrina. Desde la Europa
desarrollada, el anticomunismo avanzó como un sumami, dando
lugar a la más grande cruzada ideológica de todos
los tiempos.
La burguesía, renovadora en materia económica,
políticamente plural y liberal en asuntos religiosos y
morales, fue fanática y fundamentalista frente al marxismo y
cargo contra sus promotores. León XIII, el Papa
contemporáneo con Marx, percatado del peligro
escribió la más importante encíclica
social de la Iglesia: Rerum Novarum, (De las Cosas Nuevas) y puso al
servicio de la represión del pensamiento, la capacidad de la
Iglesia y de la fe. En 100 años el anticomunismo
movilizó más adeptos que el cristianismo, el
Islam y el budismo en dos milenios.
Después de que sin proponerlo, en la más
difícil coyuntura que afrontó la humanidad,
Roosevelt y Churchill probaran que se podía coexistir y
colaborar con el comunismo, bajo el gobierno de Truman, Estados Unidos
convirtió el anticomunismo en política oficial y
razón de Estado y en nombre de la defensa del
“mundo libre”, se declaró dispuesto a
hacer desaparecer el planeta.
No obstante, nada pudo impedir que aquellas ideas, maltratadas y
demonizadas, anidaran en importantes sectores de la clase obrera de
Europa, donde en el siglo XX existieron partidos comunistas que
obtenían millones de votos y fueron eje de sucesos como la
Revolución Bolchevique, la Revolución China y de
la lucha de liberación nacional en Vietnam y Corea.
Soportando todos los avatares, incluso los errores de sus partidarios,
durante 150 años el pensamiento de Marx
acompañó y sustentó
ideológicamente luchas obreras y movilizaciones campesinas
en todo el mundo. Como en desagravio por tanta ira desplegada contra
él, nunca un pensador fue seguido con tal fidelidad.
Después de los cristianos, los comunistas fueron las
únicas criaturas que padecían y morían
por sus ideas. El propio Marx que nunca empuño un arma, no
conspiró ni arengó a una multitud, fue expulsado
de Prusia, su país natal, prohibiéndosele vivir
en más de la mitad de Europa.
La popularidad del marxismo se debió a que fue convincente
como alternativa ideológica a un régimen que como
el capitalismo salvaje del siglo XIX era intolerable y a la calidad de
sus argumentos, fundados no en inconformidad política, sino
en la racionalidad de la ciencia. Por una extraña paradoja,
el anticomunismo triunfó sin haber producido un solo
argumento científico y sin haber aportado la más
mínima prueba de la certeza de sus primitivos y
epidérmicos postulados.
Salvar a Marx o reivindicarlo doctrinariamente no es la tarea del
momento, como no lo es enredarse en erosivos debates doctrinarios en
defensa de tesis que aunque validas, no forman parte de la actualidad.
Carlos Marx no necesita ser rescatado pues forma parte del acervo
cultural de la humanidad, no por haber auspiciado un movimiento
político, cosa que nunca hizo, sino por haber descubierto
las leyes del desarrollo histórico que hacen inevitable al
progreso y perecedero a los regimenes fundados en la
explotación.
Percatado de tales evidencias, en fecha tan temprana como 1960, Che
Guevara escribió: “Hay verdades tan
evidentes…que ya es inútil discutirlas. Se debe
ser «marxista» con la misma naturalidad con que se
es «newtoniano» en física, o
«pasteuriano» en
biología…”
Lo que necesita el movimiento revolucionario latinoamericano no es una
doctrina acerca de cómo edificar un sistema
político ni recetas abstractas llegadas del más
allá sino un firme referente teórico que, con la
certeza de la ciencia indique los prolegómenos del proceso.
Cuando se trabaje por el desarrollo, se gobierne para las
mayorías y se consiga su bienestar, la democracia genuina
florezca en un ambiente de paz social y se logré un
régimen de plenas libertades, Marx aparecerá con
la misma naturalidad conque aparecen Newton o Pasteur cada vez que un
estudiante o investigador resuelve correctamente un enigma de la
física o la biología.
Parte VI
La
Revolución Cubana
En 1959 Fidel Castro rompió la monotonía de la
Guerra Fría. Al conflicto Este-Oeste le entró una
piedra en el zapato: fue la Revolución Cubana, que produjo
un impacto desproporcionado con el tamaño y los recursos de
la Isla.
Cuando parecía que el destino del mundo era dictado por las
superpotencias del momento; América Latina
permanecía atada a un antediluviano esquema
político oligárquico y los estados
afroasiáticos, surgidos de la descolonización,
eran atrapados por la maquinaria del neocolonialismo, un hecho ocurrido
en los confines del Caribe, cambió las reglas del juego.
La Revolución Cubana fue un fenómeno cultural, no
sólo en materia de instrucción popular y
desarrollo del arte y la literatura, sino en términos de
cultura política, especialmente porque ofreció
una alternativa viable, indicó la liberación
nacional como un camino, propuso un método y
adoptó el socialismo como sistema político. No
era una receta, sino un paradigma.
Antes que indomable, Cuba resultó impredecible y su
respuesta vino de donde no se esperaba. Sucedió lo que el
imperio más temía y para lo que no estaba
preparado: el socialismo debutó en su traspatio y se
aproximó a sus costas; América Latina se
levantó en armas.
El debate provocado por el triunfo revolucionario en Cuba se
apartó de los caminos trillados y de los límites
impuestos por las elites intelectuales y las castas dominantes. No se
circunscribió a los manidos temas de la democracia formal,
sino que se concentró en la elección de los
caminos, la formación de las vanguardias y los
métodos de luchas. No fue un ejercicio académico
o exclusivamente teórico, sino de un proceso que
involucró a la práctica política en
forma de una revolución continental.
La Revolución Cubana no inventó la lucha
guerrillera que había sido empleada por los pueblos contra
la dominación romana, por los colonos norteamericanos contra
las tropas inglesas, los españoles contra
Napoleón y todos los luchadores por la independencia de
Iberoamerica contra España, estuvo presente en la
Revolución Mexicana y fue la táctica preferida y
eficaz de Sandino.
La respuesta de Estados Unidos fue brutal, aunque ineficaz. A pesar de
movilizarse y movilizar a sus aliados y satélites, promover
la emigración de una clase social completa y de la
intelectualidad liberal, implantar el bloqueo, montar una gigantesca
estación de la CIA en Miami, adquirir plantas de radio,
practicar el aislamiento y organizar la invasión de
Bahía de Cochinos. No pudo derrotar a Cuba.
La revolución no permitió que el imperio aplicara
la formula de “ahogarla en su cuna”. En un abrir y
cerrar de ojos, las selvas, los paramos y las montañas del
continente se convirtieron en la Sierra Maestra de América.
Donde no había selvas ni montañas
prosperó la guerrilla urbana y nadie descartó las
formas de lucha tradicionales. El imperio estaba asustado y la
Unión Soviética perpleja.
Cuba no fue subversiva porque exportara su revolución, sino
porque puso a disposición de los demás un ejemplo
y mostró un camino y, sin detenerse en el umbral de su
éxito, avanzó en todas direcciones, el Tercer
Mundo se convirtió en su escenario y tomó la
iniciativa presentando credenciales cuando despachó tropas a
Argelia y médicos adonde quiera, se involucró en
el Movimiento No Alineado, fundó la Tricontinental y
creó la Organización Latinoamericana de
Solidaridad (OLAS).
El imperio no se dio por vencido; el presidente John F. Kennedy
comprendió una verdad de perogrullo: América
Latina estaba madura para el cambio que era inevitable y Cuba no era la
causa sino el catalizador. La rebelión y la
revolución eran inminentes. Era imposible evitarla, pero
podían intentar administrarla. El joven presidente
católico eligió la zanahoria e impulsó
la Alianza para el Progreso y los Cuerpos de Paz. Era tarde, se
había destapado la Caja de Pandora. Kennedy fue asesinado y
la administración de Johnson entró de marcha
atrás.
Las oligarquías temblaron y los fabulosos
ejércitos armados con la chatarra desechada por los yanquis,
fueron impotentes. Estados Unidos tuvo que intervenir directamente y
tomar en sus manos la lucha contra la insurgencia y cuando se
percató del peligro auspició las dictaduras.
En Centro y Sudamérica, entre asesinados, detenidos,
desaparecidos y exiliados, contados por cientos de miles, se
eliminó a una generación completa de patriotas,
revolucionarios y partidarios de las reformas, entre ellos a las
vanguardias. La matanza fue un paliativo que desaceleró el
avance revolucionario pero no suprimió sus causas.
Hubo un reflujo que permitió al imperio asesinar a Allende,
desplegar en Centroamérica la más sucia de las
guerras y acabar con la insurgencia armada en El Salvador y Guatemala
y, mediante un terrorismo masivo, empujar a las masas
nicaragüenses a votar contra el sandinismo. El
júbilo duró poco. Estados Unidos lo supo desde
siempre: la revolución latinoamericana no sería
derrotada mientras Cuba existiera.
Lejos de cancelarse por los reveces circunstanciales ni hundirse con la
Unión Soviética y el campo socialista europeo;
cuando muchos optaban por darle la razón a Fukuyama, el
debate fue relanzado y enriquecido, no sólo por la capacidad
de Cuba para sobrevivir, sino por la apertura de los
capítulos venezolano, boliviano, ecuatoriano, uruguayo,
brasileño, argentino y centroamericano de la
Revolución Latinoamericana.
Parte VII
“La
vía Pacifica”
En el debate en torno a la revolución, en los
años sesenta y setenta, hubo dos frentes: los que estimaban
que era posible tomar el poder por vía electoral y aquellos
que defendían la lucha armada.
El otro partido no presentaba alternativa. No importa como los
revolucionarios y los patriotas lo intentaran, la burguesía
respondería con la violencia. Ningún ejemplo
mejor que el de Chile.
Los revolucionarios pueden o no creer en la vía pacifica,
quienes no creen son la oligarquía y el imperialismo.
Siempre que se abría la discusión, Chile se
presentaba y se admitía como una excepción, no
porque la oligarquía y el ejército chileno
tuvieran limpio sus expedientes, sino por la fuerza que allí
habían adquirido los partidos no oligárquicos,
entre ellos los demócratas cristianos,
socialdemócratas, socialistas y los comunistas, pero sobre
todo por el enorme prestigio de Salvador Allende y el reconocimiento de
su capacidad de convocatoria.
En Chile como en Argentina y Uruguay y en cierta medida
México y Brasil, como consecuencia del auge
económico asociado a las guerras mundiales,
creció una pseudo burguesía nativa que, aunque
cooptada por su dependencia al capital extranjero, al yuxtaponerse con
el sector académico, los profesionales y la intelectualidad
creadora, todos con cierta presencia en la prensa y los medios de
difusión, daban lugar a una clase media de perfil liberal
que confería aires de modernidad política.
Aquellos ambientes se asociaron a procesos como la
Revolución Mexicana y el peronismo, que proyectaban sobre la
realidad sus luces y sus sombras, como mismo ocurría con
sucesos políticos como el APRA en Perú.
A todo ello se suma que durante la II Guerra Mundial, al aliarse con
Estados Unidos y Gran Bretaña y formar parte del
núcleo de la coalición antifascista mundial, la
Unión Soviética promovió la
integración de los comunistas a los frentes populares,
alianzas que permitieron a los marxistas alternar con ciertas elites
políticas y recibir de ellas algunas influencias. No
obstante, la Guerra Fría, allí donde
convenía a la oligarquía, aquel esquema
conservaba alguna vigencia.
Aquellos ambientes, epidérmicos y exclusivamente
capitalinos, ocultaban con un manto de gobernabilidad
democrática, basado en la celebración de
elecciones y en la alternancia de partidos y figuras tradicionales, las
terribles realidades de la dependencia, la pobreza y la
explotación, la ignorancia y el desamparo de las
mayorías, creando una ilusión óptica
que confundía y hacía creer a muchos que era
posible alcanzar el poder por la vías políticas
tradicionales y usarlo para transformar la sociedad. En
teoría se especulaba incluso un transito pacifico al
socialismo.
Con Kennedy al frente de la administración norteamericana se
abrió paso un punto de vista relativamente sofisticado que,
sin prescindir de la CIA, de la violencia y de las acciones
encubiertas, promovió acciones como la Alianza para el
Progreso, a la vez que apretaba el dogal para ahogar a Cuba.
El ambiente revolucionario que en toda América Latina
siguió al triunfo de la Revolución Cubana y el
fecundo debate político que originó y que no era
exclusivamente teórico, sino que conllevaba a la
acción y que espontáneamente combinaba todas las
formas de lucha y de proselitismo, fue demasiado para las
oligarquías que cerraron filas, entregaron las riendas a los
Estados Unidos y prefirieron renunciar a los afeites
democráticos antes que arriesgar sus privilegios.
Al caer las máscaras apareció el rostro terrible
de la dictadura de la derecha que no se avergüenza de su
radicalismo fascista y que a diferencia de los dictadores primitivos
que se conformaban con decapitar el movimiento opositor, trabajan para
extirpar de raíz el mal. Para el fascismo latinoamericano
que no fue sólo el de Pinochet, el enemigo era el
pensamiento crítico y la ilustración y toda
presunta alternativa era subversiva. Para ellos no era suficiente
reprimir; como Hitler, necesitaban una “solución
final”, que fue la operación de exterminio de las
vanguardias y las élites políticamente avanzada
bajo el Plan Cóndor.
Los tiempos han cambiado, mas no cambiaron solos ni
espontáneamente. Los cambiaron los revolucionarios y los
luchadores, que no sobrevivieron para ver los días
magníficos que fecundaron con su consagración y
con su sangre. Ha surgido una nueva realidad en la que nuevas
experiencias revolucionarias y progresistas se abren paso,
conjugándose las unas con las otras como ocurre en
Sudamérica.
Obviamente el transito pacifico puede existir, pero hay que
imponérselo a la oligarquía y al imperio que son
natural y esencialmente violentos.
PARTE VIII
Legitimidad
de la lucha armada
“No es en el credo comunista ni en el ideal anarquista, sino
en el derecho basado en las doctrinas liberales, donde se sostiene que
la justicia prevalece sobre la ley, entre otras cosas porque existen
leyes injustas, frente a las cuales la rebelión es
legítima, hecho que convierte a las revoluciones en fuente
de Derecho.”
En la década de los sesenta, cuando más intenso
era el debate en torno a la lucha armada y en América Latina
se discutía profusamente acerca de la viabilidad del
método, nunca se puso en duda su legitimidad. Ser
guerrillero era calificado de peligroso, romántico o errado,
nunca como impopular ni ilegitimo.
Ello se explica por las tradiciones de lucha en
Latinoamérica donde la independencia fue conquistada con las
armas, por la evocación de episodios como la
Revolución Mexicana y la lucha de Sandino y más
recientemente por la Revolución Cubana, donde la lucha de
liberación, a pesar de su intensidad y de desplegarse tanto
en las montañas como en los ambientes urbanos, fue lo
más parecido a la guerra “generosa y
breve” por la que abogó Martí.
Tan limpia y caballerosa fue la lucha armada conducida por Fidel Castro
que al terminar la guerra apenas quedaron cicatrices en la sociedad
cubana. Con mínimos de radicalismo y mediante tribunales se
castigó a los culpables de crímenes de guerra,
aunque algunos fueron fusilados. Los revolucionarios fueron generosos
en la victoria. No hubo venganzas personales ni ajuste de cuentas,
nadie aplicó la justicia por su mano y no hicieron falta
leyes de punto final ni se consagró la obediencia debida
como licencia para matar.
En ejercicios docentes, cuando es preciso ejemplificar acerca de la
legitimidad de la revolución, siempre regreso a la
lección contenida en el alegato de Fidel Castro, cuando al
ser juzgado por el asalto al cuartel Moncada hizo trizas la
argumentación del fiscal que lo acusó de atentar
contra los poderes del Estado legítimamente constituidos, a
lo que el reo respondió con una lúcida
argumentación acerca de la pertinencia de la
rebelión contra la ilegalidad, la injusticia y la
explotación.
La legitimidad formal de los gobiernos oligárquicos
dependientes, explotadores y traidores a los genuinos intereses
nacionales, se autoafirma mediante actos jurídicos
elaborados por los mismos que detentan el poder y lo usan para su
exclusivo beneficio. Eso explica por qué reaccionan de modo
visceral cuando, como ocurre en Venezuela, Bolivia y Ecuador, se
plantea la necesidad de reformas profundas a las respectivas
constituciones nacionales.
No es en el credo comunista ni en el ideal anarquista, sino en el
derecho basado en las doctrinas liberales, donde se sostiene que la
justicia prevalece sobre la ley, entre otras cosas porque existen leyes
injustas, frente a las cuales la rebelión es
legítima, hecho que convierte a las revoluciones en fuente
de Derecho.
Salvando todas las distancias y sin forzar comparaciones; quienes
escudándose en la hoja de parra de una legalidad torcida,
intentan deslegitimar la lucha armada en América Latina,
debieran recordar que, en su tiempo, los fundadores de la
Nación Norteamericana y los revolucionarios franceses, como
más recientemente Mahatma Gandhi, Martin Luther King y
Nelson Mandela, fueron considerados transgresores de las leyes por
desafiar las legislaciones y el poder establecido por las castas
dominantes, los colonialistas y los racistas.
El debate planteado hoy en Colombia en torno a la lucha armada, el
paramilitarismo y la represión, de muchas maneras afecta al
resto de Sudamérica, especialmente a la seguridad de los
países limítrofes, entre otras cosas porque
provee la excusa para el armamentismo, las operaciones militares, la
injerencia y la presencia norteamericana amparada en el Plan Colombia.
A los fenómenos objetivos, derivados de una lucha armada
prolongada y al sufrimiento humano que toda guerra significa, en
Colombia se suman la corrupción entronizada en todos los
escenarios por la presencia y la actividad criminal de las fuerzas
paramilitares, los cultivos ilícitos y el
narcotráfico, la represión y los abusos contra la
población campesina y el empleo por los contendientes de
tácticas erróneas y censurables como son la toma
de rehenes civiles.
Si bien, no hay manera de evitar que en medio de las tensiones de la
lucha armada y en coyunturas de alto riesgo, se apele a la violencia
excesiva o se realicen acciones que no se corresponden con la
filosofía de la lucha; se trata de tácticas que
pueden ser rectificadas.
Siendo fiel a sus orígenes y a su programa de
liberación nacional, que obviamente necesita sumar adeptos y
ampliar las bases de apoyo popular, las FARC que recientemente se
mostraron receptivas y unilateralmente liberaron a varios rehenes y
parecen haber descontinuado aquellas tácticas, pudieran
avanzar y restar argumentos a sus enemigos, impedir la
manipulación de su actividad y restablecer su imagen
afectada, no sólo por esfuerzos fallidos y errores, sino
sobre todo por la intensa y masiva campaña
mediática contra ellas.
En Colombia no se trata de un conflicto sino de varios que se solapan y
que, al margen de que se manifiesten en los mismos escenarios y al
mismo tiempo, son diferentes y cada uno debe ser considerado como una
entidad.
La lucha armada contra la opresión y por la
liberación nacional es un recurso al que los pueblos y sus
vanguardias han acudido a lo largo de siglos y que ha producido
transformaciones que constituyen paradigmas del derecho de los pueblos
a revelarse contra la injusticia y reivindicar sus verdaderos intereses
y anhelos, cometido estratégico que no debiera ser
comprometido por la aplicación de tácticas
prescindibles.
La lucha armada en Colombia es legítima, lo que no significa
que lo sea todo cuanto hagan los guerrilleros y, apreciada
históricamente, cualquiera que sea su desenlace, por su
origen popular, sus metas y la transparencia original, es un
fenómeno que tiene su propia entidad y cuya legitimidad
puede ser reivindicada no sólo a la luz de la
política, sino también del derecho de los pueblos
a rebelarse contra la injusticia y la opresión.
PARTE IX
Es
así como se hace la historia y no de ninguna otra manera
La reflexión de Francis Fukuyama respecto a que con la
derrota del modelo socialista instaurado en la Unión
Soviética y Europa Oriental se había completado
un ciclo histórico, llegando a lo que comparó con
el “fin de la historia”, fue una
invitación a la rendición incondicional.
El proceso de crisis de la izquierda tradicional, la
desaparición de los grandes partidos comunistas y
socialistas y de todo un sistema de organizaciones internacionales y la
desmoralización de los referentes teóricos que
fueron declarados obsoletos, pareció confirmar las peores
aristas de aquella tesis.
Entre otras cosas, eso explica el auge del neoliberalismo exportado
desde Europa y los Estados Unidos hacía el Tercer Mundo,
incluso implantado allí para terminar con las conquistas
obreras y sociales, que dieron lugar a los estados de bienestar. La
idea de Fukuyama resultaba esencialmente desmovilizadora porque,
según la experiencia asumida como clásica, el
capitalismo es un régimen que no necesita ser construido,
sino que basta con dejar actuar a las fuerzas del mercado.
El intento de popularizar aquel punto de vista, tuvo el objetivo de
coronar el éxito político obtenido por la suma de
circunstancias que condujeron al fin de la Unión
Soviética y del socialismo real, con una victoria
ideológica que hiciera irreversible aquel cambio y
suprimiera de una vez y para siempre la versión alternativo
en que, hasta ese momento, se había sustentado la actividad
de la izquierda que, con diversos grados de radicalismo, optaba por el
socialismo.
De haberse impuesto a escala universal la teoría que
atribuye el éxito económico y social e incluso la
estabilidad política alcanzada por los países
altamente desarrollados a la aplicación descarnada de los
preceptos neoliberales, a los países del Tercer Mundo no les
quedaba otra alternativa que resignarse eternamente a sus terribles
condiciones de dependencia, pobreza y explotación. Cuando la
lucha carece de metas, luchar no tiene sentido.
Afortunadamente, en virtud del proceso político
endógeno que, sobre todo en Sudamérica y
México, transitó por experiencias nacionalistas
que, aunque con limitaciones, reivindicaron el papel del Estado como
agente impulsor del desarrollo nacional y gracias a la
maduración de las fuerzas políticas y la sociedad
civil en Latinoamérica a partir de la Revolución
Cubana y del estrepitoso fracaso de la opción neoliberal,
aquellas tesis fueron refutadas.
Los que apostaron a que la crisis de la izquierda internacional
significaría el manso acatamiento del esquema neoliberal
promovido por el imperio como parte del proceso de
construcción de la hegemonía en el mundo
unipolar, se equivocaron al subestimar el calado y la densidad del
proceso político latinoamericano en los últimos
cincuenta años.
Cuba, su reivindicación de la opción socialista y
su capacidad de sobrevivir, el debate político en torno a la
viabilidad de la revolución, la lucha armada y la
experiencia impulsada por Salvador Allende, los sandinistas y los
zapatistas, la lucha y la resistencia contra las dictaduras, la
decantación de sectores militares patrióticos que
en Perú y Panamá impulsaron los procesos
políticos, el respaldo del clero de base e incluso de
elementos de la jerarquía católica a las luchas
populares, la acrecida actividad de los movimientos sociales y las
experiencias alcanzadas en la lucha electoral, forman los fundamentos
en que se apoyan las tendencias actuales.
Del mismo modo que nadie pudiera atribuirse la paternidad por el vasto
movimiento político de signo positivo que actualmente se
despliega en el continente, tampoco debe subestimarse ningún
aporte. Los caminos por los que ahora transita la revolución
latinoamericana no se hicieron solos ni espontáneamente,
sino que con su andar, sus esfuerzos y sus éxitos, incluso
con sus reveces, lo hicieron los revolucionarios y los luchadores
sociales.
Precisamente son esas cualidades lo que permiten asegurar que,
estratégicamente, el proceso es irreversible.
Podrán haber frustraciones tácticas y muchos
partos no serán indoloros pero pueden ser asumidos con la
certeza de que, aún cuando nada será
fácil, tampoco nada será como antes y cada
éxito local es un aporte al proceso en su conjunto. Es
así como se hace la historia y no de ninguna otra manera.
PARTE X
Matices
y patitos feos que no terminarán siendo cisnes
Es visible la poderosa corriente de cambios estructurales que preparada
por los intensos procesos políticos de los
últimos cincuenta años fluye por
América Latina modificando el panorama político,
económico y social. Nunca antes hubo tanta coherencia,
determinación e independencia en el ejercicio
político regional.
Como un turbión en la Venezuela bolivariana, la riada se
remansa por la feroz resistencia oligárquica en Bolivia, se
torna prometedora y sofisticada en Ecuador y asume el perfil de
reformas graduales y sustanciales en Brasil, Argentina y Uruguay,
adoptando aires renovadores en Centroamérica y compromisos
excesivos en Chile. En la tendencia general se perciben ausencias que
restan fuerza y coherencia, especialmente las de México y
Colombia.
Aunque con historias y entornos políticos diferentes, los
gobiernos de México y Colombia hacen el papel del
“patito feo” aunque, a diferencia de la avecilla,
no son inocentes ni terminarán convertidos en bellos cisnes.
No habrá final feliz para la oligarquía y la
burguesía nacional cooptada, sino todo lo contrario.
Son difíciles de resumir las circunstancias que colocaron en
la misma orilla, sometidos a Estados Unidos, a México, el
país que realizó la primera revolución
social del siglo XX, donde más temprano se
emprendió el rescate de las riquezas nacionales y donde se
abordó con amplias miras el problema agrario, y a Colombia,
que a casi doscientos años de su independencia, no ha
logrado trascender los esquemas más primitivamente
oligárquicos.
México que concretó una independencia
relativamente temprana, prevaleció sobre la
pretensión europea de crear un imperio y
sobrevivió al zarpazo con que los gringos lo partieron a la
mitad y que en 1910 inició la revolución que
llegaría hasta Lázaro Cárdenas bajo
cuya dirección el país avanzó hasta
colocarse en la vanguardia latinoamericana, se pasmó cuando
la democracia, la gobernabilidad y la estabilidad que
parecían ser sus mejores conquistas, sirvieron para que la
oligarquía trepara hasta el poder y se afincara
allí hasta el sol de hoy.
Más difícil resulta penetrar en la urdimbre de
intereses, mezquindades, fatalismos geográficos, complejos
de inferioridad que forman el paradigma de la dependencia y el
síndrome neocolonial que llevaron a sucesivos gobiernos
mexicanos a distanciarse del entorno latinoamericano, dar la espalda al
interés nacional y pactar con Estados Unidos.
Para imponer semejante enfoque, la oligarquía y la
burguesía mexicanas no han vacilado en girar contra el
interés nacional y, mediante el Tratado de Libre Comercio,
acordaron con Estados Unidos la entrega de sus mercados nacionales,
levantaron todas las defensas que protegían a sus
productores, aplicaron el más chato neoliberalismo y, en el
plano político retrocedieron a etapas superadas en las que
el fraude electoral más burdo ha permitido que estados,
localidades e incluso el país, sean gobernados por lideres
de dudosa legitimidad, incluso considerados espurios.
Aunque tales elementos están presentes también en
el país sudamericano, Colombia puede alegar a su favor no
haber pasado por las experiencias que México
experimentó, entre otras cosas porque su historia
política fue virtualmente paralizada en 1948, cuando con el
asesinato de Gaitán y la masacre del Bogotazo, se
ahogó en sangre una alternativa liberal cercana al
interés nacional, ponente de un aliento modernizador de la
cosa pública.
Del modo más violento que pueda ser imaginado, la
oligarquía colombiana decapitó y
desmembró el liberalismo de signo nacionalista, convirtiendo
al primitivismo político en un estilo de hacer
política al que las élites nativas se acomodaron
y que incluso mediatizó a la izquierda y a la guerrilla al
imponerle agendas sobrepasadas por el pensamiento y la
práctica política. De hecho, en
términos políticos y estructuralmente hablando,
Colombia todavía no ha superado el estéril
esquema oligárquico de liberales y conservadores.
Aunque no colma todas las aspiraciones ni afronta todos los
desafíos y muchas críticas están
justificadas por actitudes inconsecuentes, por primera vez en
doscientos años, de modo general, en varios
países de América Latina, sobre todo los
más grandes y de mayor desarrollo, se percibe cierta
identificación de los gobiernos con las causas populares.
Nunca antes el movimiento político formó una
plataforma tan inclusiva y solidaria en la que caben gobiernos,
movimientos sociales, organizaciones obreras y populares, partidos de
izquierda, militares patrióticos y el clero progresista que,
sin todavía llegar a un monolito, forman un frente unitario
anti oligárquico con matices antiimperialistas.
En ciertos aspectos, al tratar de privatizar el petróleo y
las empresas públicas sobrevivientes y aplicar a rajatabla
un Tratado de Libre Comercio mal negociado, la burguesía
mexicana transita de ida por caminos por donde otros piases vienen de
regreso.
El claro en las filas motivado por la ausencia de México y
Colombia es una carencia, aunque temporal, sensible y que sustrae de la
línea general fuerzas decisivas.
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