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Las asombrosas profecías mayas de hace 1.500 años Imprimir E-Mail
Fuente: argenpress.info   
miércoles, 01 de agosto de 2007
El apocalipsis Maya

Por Julio Pomar [DIA SIETE].

'El fin del mundo' tiene fecha fija: 22 de diciembre de 2012

Son impresionantes las profecías mayas que, sobre el futuro del mundo y de los hombres, emitieron hace mil 500 años sus sabios-sacerdotes y astrónomos, que tienen inquietos en la actualidad a más de uno, incluida una parte importante de la comunidad astronómica y científica internacional. No podemos ni debemos decir que puedan ser ciertas, pero llaman profundamente la atención por su precisión y alcance, venidas desde lo hondo de los siglos y de un estado de civilización precario en lo material y lo tecnológico, aunque avanzado en la medición del tiempo, que maravillan hoy día.

La más notable de las siete profecías, por ser la más próxima, es la que fija -con esa tremenda exactitud- el 22 de diciembre de 2012 como “el fin del mundo” -para unos- y la culminación de una etapa sideral -para otros- con lo que se iniciaría un nuevo ciclo cósmico, en medio de profundas conmociones y cambios en la composición material y en el funcionamiento de la galaxia en que da vueltas nuestro sistema solar -la Vía Láctea- acompañados de mutaciones inciertas en la vida de los seres humanos. El calendario maya finaliza abruptamente su cuenta en la fecha señalada del 2012, o sea, 5 mil 125 años después de haberse iniciado la era cósmica del Quinto Sol, que era una figuración compartida por casi todos los pueblos mesoamericanos precolombinos, de los cuales los mayas tuvieron la astrología más compleja y avanzada.

Según los esoteristas han interpretado del calendario maya, el 22 de diciembre de 2012 el Sol, la estrella que hace posible la vida en la Tierra por la luz y la energía que nos proporciona, recibirá del centro de la galaxia un rayo “sincronizador” con el que se iniciará un nuevo ciclo cósmico. Para algunos esoteristas, ya hubo anticipos de este “rayo sincronizador” y lo repercutió el Sol en 1998 como una inmensa irradiación hacia el sistema solar, de lo cual, según ellos, en la Tierra ya se tuvieron registros. Según dicen esos enterados, las emanaciones de energía provenientes del centro de la Vía Láctea fueron registradas y descritas por la NASA en el mismo 1998.

Esta primera profecía está ligada a una segunda profecía, curiosamente previa en su realización a la primera ya dicha, según la cual la nueva era cósmica comenzó a prepararse el 11 de julio de 1991 con un eclipse de Sol previsto en el calendario maya -que se cumplió puntualmente- y que trajo por consecuencia, según esos observadores, que en septiembre de 1994 se produjeran fuertes perturbaciones en el magnetismo terrestre, con alteraciones importantes en la orientación de las aves migratorias y cetáceos, e incluso en el funcionamiento de la aviación.

Una astronomía prodigiosa

A todo esto, debemos dejar establecido que los mayas desarrollaron una astronomía prodigiosa. Sus sabios-sacerdotes midieron en su época, hace mil 500 años, la traslación completa de la Tierra alrededor del Sol en 365.2420 días, misma que la NASA mide hoy en 365.2422 días, con la sola diferencia de dos diezmilésimas de día, o sea, 17.28 segundos, siendo mayor la medición de la NASA que la de los mayas, en esa infra mínima proporción. Mientras tanto, el Calendario Gregoriano (1582) de la Edad Media europea, que modificado es el que usamos desde hace varios siglos, contiene diversos errores que una comisión internacional de astrónomos encaró a mediados del siglo XX, hasta llegar a la medición que la NASA, apoyada en esos cálculos, ofrece en el presente sobre el particular.

Pero no sólo eso, sino que los astrónomos mayas establecieron que la traslación de nuestro sistema solar alrededor de la galaxia dura 25 mil 624 años, que es una cifra muy cercana a la que es aceptada por la astronomía científica moderna. Y que se empata con la versión, muy creída por muchos esoteristas, de que cada 26 mil años en la Tierra tenemos contactos con incógnitos habitantes de las constelaciones que forman las Pléyades, o “pleyadianos” (el “Libro de Henoc”), por lo cual ya estaríamos muy cerca de un nuevo contacto entre 2008 y 2012.

Por añadidura, los mayas ya utilizaban el número cero quinientos años antes que los árabes, que fueron quienes lo introdujeron a la matemática occidental moderna. Amén de otras peculiaridades de su matemática y de su sistema de medición astronómica, que compartieron los constructores y astrónomos de las pirámides de Teotihuacan y Monte Albán, y de los propios centros mayas de Uxmal, Chichén Itzá, Edzná, Kalakmul, Copán, así como otros sitios arqueológicos de Mesoamérica.

El calendario maya se llamó Haab, y fue usado para medir el paso de los días en el año solar, para celebrar ceremonias religiosas, pronosticar la llegada y duración del periodo de lluvias, además de periodos de cacería y pesca. El Haab (y el Xiuhpohualli de los aztecas) cuenta el tiempo anual en ciclos de 18 meses de 20 días cada uno (18 por 20 igual a 360), pero sobraban 5 días para completar los 365, que los aztecas (nemontemi) y mayas (uayeb) denominaron en sus respectivos idiomas (no “dialectos”) y eran considerados “días nefastos”. Sin embargo, mayas y aztecas tenían otro calendario, el ritual, llamado por los aztecas Tonalpohualli y por los mayas Tzolkin, de 260 días, para pronosticar el destino de las personas, cuyo manejo se combinaba con el anterior, el Haab, de tal manera que ambos volvían a coincidir en una misma fecha idéntica al concluirse el “siglo indígena” de 52 años. Pero este cruce era de los más sencillos, pues los mayas tuvieron otro, el del ritmo de Venus, que es verdaderamente prodigioso y exacto, amén de complicado.

Las calamidades se presentan en serie

De acuerdo con otros enterados, el último día que los mayas llamaron “el tiempo del no-tiempo”, o la era en que cesa el tiempo, puede significar cualquiera de dos cosas: o el fin de nuestra civilización con el arribo de calamidades sin cuento (terremotos, inundaciones, etc.) o el sacudimiento terráqueo que creará una nueva conciencia cósmica del hombre y la transición hacia una nueva civilización. Habrá, según se establece en esta figuración, una “regeneración de la Tierra” o una “purificación del planeta”. Este “tiempo del no-tiempo” habría comenzado en el 1992 de nuestro calendario, precedido por el eclipse solar del mencionado 11 de julio de 1991.

No obstante esta visión, hay otras figuraciones atadas a fenómenos que efectivamente ocurrieron. Inmediatamente después, en niveles de un conteo sideral del tiempo, hubo otro eclipse solar el 11 de agosto de 1999 que precedió a su vez a una fuerte radiación proveniente del espacio, del 15 de septiembre de 2005, que habría inaugurado un periodo de cataclismos naturales en ese mismo mes, septiembre de 2005. El día siete de ese mes se había producido un terremoto de 5.9 grados Richter en Grecia, con 218 muertos; el día 8 inundaciones catastróficas en China, con miles de muertos; el 17 un terremoto de 7.4 grados Richter en Turquía, con 15 mil muertos; el día 20, un terremoto de 7.6 grados Richter en Taiwán con 2 mil muertos; el 22 una cadena de terremotos menores, entre 2 y 5.2 grados Richter en muchos puntos del planeta; el día 30 del mismo septiembre un terremoto en Oaxaca y el 10 de octubre lluvias que produjeron 300 muertos y miles de damnificados en México. Hay quienes abrigan, aunque sin ninguna certidumbre, la conjetura de que esos desastres ocurrieron ligados en el tiempo al eclipse del 11 de agosto de 1999.

Pero la predicción basada en las profecías mayas, señala que al acercarse el 2012 una ola de calor aumentaría la temperatura del planeta, produciendo cambios climáticos, geológicos y, por lo tanto, sociales, sin precedentes. Y ya se está viviendo el calentamiento global, según los científicos y los ecologistas debido al llamado “efecto invernadero” que provoca la expulsión hacia la atmósfera de gases producidos por fábricas y motores de combustión en proporciones masivas nunca antes registradas en el mundo, pero que para el esoterismo el calentamiento está previsto por sus efectos en el calendario maya.

En medio de un simbolismo muy complejo, como lo fue el modo maya de registrar los movimientos y sus vaticinios astrológicos, se señala otra coincidencia igualmente sugerente para quienes puedan creer en estas profecías. El 11 de agosto de 1999 no sólo tuvo lugar el último eclipse solar total del milenio, sino que se dio en el firmamento la formación de una configuración astrológica muy rara: la llamada “Gran Cruz Cósmica”, formada en los signos de Tauro, Leo, Escorpio y Acuario, por el Sol, la Luna y tres planetas, que habrían venido a evocar el Apocalipsis cristiano.

Los cinco soles o cinco ciclos cósmicos

Sea lo que sea que signifiquen estos datos, lo real es que tanto para mayas como para aztecas y otros pueblos precolombinos de Mesoamérica (Altiplano y sur mexicanos y Centroamérica), hubo cuatro “soles” o épocas astrales. Vivimos actualmente, desde entonces, en el llamado Quinto Sol, o según los aztecas Sol de Movimiento (Ollintonatiuh). Pero los anteriores habían sido (1) el Sol del Tigre, (2) el Sol de Viento, (3) el Sol de Lluvia y (4) el Sol de Agua, donde este último se ha querido identificar como el del Diluvio cristiano, o glaciación según los geólogos científicos. Para los mayas tenían otros nombres y quizá otra secuencia, pero se trataba para ambas civilizaciones de la idea de que nuestro mundo fue precedido por esos otros cuatro mundos, o “Soles”, que tuvieron su final en cataclismos destructivos, tras lo cual el nuevo mundo se regeneró y derivó hacia otra era cósmica. Para todos ellos, igualmente, los eclipses solares tenían un significado más radical que la simple interposición de la Luna entre el Sol y la Tierra: eran presagios de cambios, calamidades y mutaciones. En el Popol Vuh de los maya-quichés, el segundo mundo, el Sol de Viento, acabó con una vasta operación mágica: todos los hombres fueron transformados en monos, figuración que también se encuentra en los Anales de Cuauhtitlán de los nahuas.

El Quinto Sol, o Sol de Movimiento, en el cual vivimos, significa que el mundo terminará con un terremoto, movimiento de tierra. Los aztecas lo señalaron en su calendario por la fecha de 4-ollin (4-movimiento, temblor de tierra). Es evidente que la destrucción de los códices mayas y aztecas por los invasores españoles del siglo XVI, por considerarlos cosas demoníacas, privó a la posteridad de muchas noticias de esas culturas y dejó en brumas las profecías. El calendario maya vaticina el catastrófico final del Quinto Sol, el que ocurrirá el 22 de diciembre de 2012.

La astrología, instrumento antiguo de percepción

La Astrología fue durante muchos siglos el asidero teórico o explicación que los seres humanos tuvieron para situarse en el Universo (cuando incluso no se concebía a nuestro planeta como una gigantesca masa esférica), disciplina que comenzó a practicarse una vez que el ser humano empezó a volverse sedentario por la práctica de la agricultura, que lo obligó a medir las estaciones (siembra, cosecha, etc.) y ello coincidía enigmática y misteriosamente con los movimientos astrales. La Astrología le atribuyó a los cuerpos celestes influencias y poderes sobre la vida humana que la ciencia moderna, apenas hace cuatro o cinco siglos, empezó a desmitificar y a desmontar, hasta llegar a la Astronomía científica moderna.

A través de la Astrología, de antigüedades que se pierden en el tiempo, el hombre se quiso explicar los fenómenos de la existencia. Por su etimología sería “la ciencia de los astros y sus leyes”, pero fue concebida como el arte adivinatorio dirigido a descubrir, mediante la observación de los fenómenos celestes, los destinos del hombre y hasta de los pueblos y naciones. Ningún pueblo de la antigüedad dejó de practicarla, bajo sus propias formas culturales y avances en la observación de los astros. A lo largo de la historia humana, gente común y hasta gobernantes y sabios le asignaron un valor superior y definitivo. Los griegos antiguos la practicaron -de ahí los augures, el Oráculo de Delfos, etc.- aunque trataron de racionalizarla, pero con los romanos cobró nuevo auge en su carácter de magia para la predicción. Los egipcios, los chinos (el I Ching), los persas (Omar Jayam), los mesopotamios y otros como los europeos de la Edad Media (Nostradamus) tuvieron mucho que decir en materia astrológica. Hoy mismo, mucha gente de todos los niveles consulta a los astrólogos.

En nuestras antiguas culturas mesoamericanas (mayas, nahuas, quichés, etc.) tuvo una gran relevancia y su práctica estuvo reservada a los sabios-sacerdotes de entonces. Sus pirámides y centros ceremoniales tuvieron una arquitectura definitivamente muy ligada a los movimientos de los astros en el firmamento. Pero algunas de sus predicciones o profecías tienen una impactante resonancia actual. Los mayas, especialmente, a través de su calendario, formado por complicadas cadenas de conceptos, en que lo misterioso-sagrado se conjunta con lo profano y cotidiano, establecieron previsiones de tiempo y de eventos que sorprendentemente tienen fechas fijas y concretas, como su profecía del “fin del mundo”, o advenimiento del “tiempo del no-tiempo”, que confirma a muchos que la Astrología sigue teniendo vigencia, sobre todo desde que en Alemania a mediados del siglo XX, se intentó relacionar la Astrología con las leyes de la Astronomía, utilizando la estadística, lo cual vino a dar después gran auge a las llamadas “ciencias esotéricas”.
 
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