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El hambre y la democracia |
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Fuente: argenpress.info
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jueves, 12 de junio de 2008 |

Por Jorge Gómez Barata [argenpress.info].
Quienes asocian el progreso a la democracia liberal y al mercado,
tienen razón cuando se refieren a Europa y los Estados
Unidos donde se jugó limpio y el sistema se
desplegó sin interferencias. Cuando se aplica la misma
lógica a las colonias, a sabiendas o no, se yerra o se falta
a la verdad histórica.
El modo como historiadores e ideólogos europeos y
norteamericanos presentan los procesos históricos hace
recaer toda la culpa por las anómalas situaciones del Tercer
Mundo sobre las víctimas. De ese modo,
paradójicamente, los pueblos oscuros aparecen como
inferiores, precisamente por no haber hecho aquello que se les
impidió hacer y no transitar caminos que intencionalmente se
le cerraron. Ningún tema ilustra mejor ese
galimatías histórico que el subdesarrollo, la
pobreza y el hambre.
Al irrumpir en el Nuevo Mundo y colonizar Africa y Asia, Europa
alteró, violenta y definitivamente los cursos del desarrollo
económico y social endógeno de los pueblos
originarios, procesos que tuvieron sus peores consecuencias
allí donde las comunidades se encontraban en niveles
primarios de desarrollo como ocurrió en Iberoamerica y
Africa, matizándose en las civilizaciones milenarias las
culturas establecidas y los territorios enormes y densamente poblados,
como ocurrió con la India y China.
Es insultante tratar de hacernos creer que el subdesarrollo y la
pobreza que lo acompañan son flagelos propios de las
sociedades primitivas, autoritarias y de las dictaduras y que
jamás se presentan en las democracias. En realidad el
subdesarrollo, la pobreza y el hambre no son hechos diferentes y que
dependan unos de otros sino partes de un fenómeno
único, total y multiforme.
Ninguno de los países hoy desarrollados fue colonia al
estilo de Africa, el Indostán, Medio Oriente e Iberoamerica
donde el colonialismo y el imperialismo introdujeron deformaciones
estructurales que troncharon el desarrollo endógeno,
esclavizaron y diezmaron a la población y saquearon los
recursos, impidiendo el desarrollo tanto de la base
económica como de la superestructura política y
jurídica. En el Tercer Mundo no falta comida porque no haya
democracia sino que faltan ambas cosas porque hubo colonialismo,
neocolonialismo e imperialismo.
Es cierto que la India, la mayor de las democracias liberales
existentes y que bajo el colonialismo y en las primeras
décadas de vida independiente padeció las mayores
hambrunas que se conozcan, logró avanzar en su desarrollo
nacional, reducir la pobreza extrema y mitigar el hambre, cosa que no
la convierte en una prueba de la relación entre democracia y
alimentos ni en una excepción.
A diferencia de lo ocurrido en otras regiones, en los 449
años transcurridos desde 1498 cuando los portugueses
establecieron contacto con la India y que incluyen 347 años
de presencia inglesa, 89 de ellos de dominación colonial
absoluta y 1947 cuando el país alcanzó su
independencia, Europa saqueó a la India pero no pudo
destruir su civilización. Aunque larga y penosa la
dominación británica fue un interregno al que la
cultura, la civilización y el pueblo indio sobrevivieron.
Las grandes civilizaciones de Sudamérica y México
y Centro América y Africa, no tuvieron esas oportunidades,
mientras otros pueblos, menos numerosos y en estadios de
civilización inferiores, fueron exterminados o anulados. Es
falso que el despegue de la India sea un milagro del liberalismo y del
mercado, sino la más sólida evidencia de lo que
pudo haber sido la humanidad de no haber existido el sistema colonial
que durante más de 400 años aplicaron los
europeos. No me hago ilusiones; en ese caso, tal vez la historia
tampoco hubiera sido perfecta.
Las circunstancias culturales e históricas explican por
qué, al obtener la independencia, no se creó en
la India una oligarquía nativa que se apodera del poder y se
doblegara ante el imperialismo mundial. Al no aceptar ninguna ayuda que
fuera “tejida con hilos políticos”, los
líderes de la India, especialmente Nehru, impidieron que el
país fuera atrapado por la contradicción
Este-Oeste.
Aunque en la India rige una dinámica economía de
mercado y el neoliberalismo está presente, el sector
público nacido después de la independencia, es
uno de los pivotes del desarrollo nacional, empeño con el
que el Estado mantiene un firme compromiso y que hace posible que con
sus propios recursos y por sus propios caminos, el país
avance en el desarrollo y la lucha contra la pobreza.
Se trata de una antítesis de las élites corruptas
que en Iberoamerica y otras latitudes, asumieron las republicas como
botín y entregaron nuestros países a la voracidad
del capital extranjero. Algunas de ellas, todavía vigentes y
que se resisten a promover el desarrollo, la independencia y la
integración, conformándose con lamentarse por la
pobreza, repartir donaciones de alimentos y administrar leoninos
tratados de libre comercio.
La experiencia de la India evidencia que la lucha contra el hambre no
será eficiente mientras no sea un esfuerzo integral del cual
se derivará el desarrollo, el bienestar y naturalmente la
democracia que, de una u otra forma es otra manera de llamar a la
libertad y a la felicidad.
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