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Catástrofes al final de la película |
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Fuente: pagina12.com.ar
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viernes, 13 de junio de 2008 |

Por Noé Jitrik [Página/12].
Cuando una de las diligentes distribuidoras de películas
anunció, hace algunos años, que se estaba por
estrenar Titanic, un monumental bodrio, de final por otra parte
previsto –el barco se hunde–, la publicidad giraba,
con acento dramático, en los millones de dólares
que había costado la producción. No yo, un tanto
indiferente a esos hechos artísticos, pero muchos hablaban
del asunto con gran pasión, casi con compasión.
La publicidad funcionó: millones de personas fueron a verla
no tanto, me imagino, para identificarse con los bailarines del
naufragio y la carita entre ingenua y pícara de Leonardo Di
Caprio, sino para ayudar a la productora a recuperar el costo de la
gigantesca inversión. Simpatía conmovedora,
solidaridad espontánea con la apremiante
preocupación por los gigantescos gastos en los que la
empresa había incurrido, incluidos los honorarios de muchos
millones que habían debido pagarle, con toda
justificación –por fin el arte recibe las
recompensas que merece– al susodicho carilindo. Iban al cine,
hacían cola como los voluntarios que en la Edad Media se
anotaban para rescatar Jerusalén de las manos
impías de los infieles.
Considerando esa ocasión, como tantas otras, se ve que hay
gente capaz de emprender cruzadas para salvar a los ricos de sus
penurias; lástima que no tengan una organización,
algo así como Soproricacamypos, sigla de “Sociedad
de protección al rico, sus casas, sus campos y otras
posesiones”, pero sí los mueve una libido generosa
cuyo implícito programa les provee los medios para
diferenciar rápidamente: al rico ayudarlo, al pobre que vaya
a trabajar aunque –y ahí está lo
raro– en gran medida esos cruzados son también
pobres, claro que fascinados con la riqueza ajena y casi siempre
víctimas de esos mismos ricos: entienden bien que el
carilindo perciba varios millones de dólares para poner la
cara, el cuerpo y el nombre, pero les parece un abuso que un escritor
pretenda ganar quinientos pesos por un artículo, no digamos
un peón.
Parece una paradoja pero no lo es; significa, tan sólo, que
las clases existen pero que lo que ya no existe, al menos para esas
brigadas, es la lucha de clases, ese feroz concepto que tanto
sufrimiento causó, en especial a los ricos aunque los pobres
no hayan tampoco salido bien parados en materia de
frustración.
Hace unos cuantos años, en una conversación que
debía tener como tema nuestros complicados amores pero que
se desvió dejándola para más tarde, mi
novia de entonces me señaló que los ricos sufren
mucho más cuando pierden sus bienes que los pobres cuando
pierden algo de lo poco que tuvieron. Al principio no
entendí pero ahora sí y, a lo lejos, le mando un
saludo y una reivindicación. Es un tema muy importante, y
que ha tenido diversas expresiones. Una de ellas, famosa, fue una
célebre telenovela, de esa misma época, me
parece, titulada: Los ricos también lloran y que el
comprensivo doctor Carlos Menem glosó con fortuna:
“la tristeza de los niños ricos”, dijo
con los ojos turbios de emoción. La frase nos hizo pensar:
yo, por mi parte, no pude menos que imaginar a esos desdichados
niños sollozando en el regazo de sus solícitas
amas de leche, abandonados a sus mercenarios cuidados por progenitores
ocupados en sostener los valores (económicos) de esos
hogares visitados por la tristeza.
Todo esto viene a cuento a propósito de la favorable
opinión que ha tenido el movimiento de gran parte de los
hombres de campo en gente que no tiene nada que ver con él y
que del campo sólo sabe que debe ser verde y apto para
contener vacas, legítimos habitantes de las estancias; no
digamos la espontánea manifestación que tuvo
lugar en Rosario sino gente con la que uno se cruza en la calle, o
hasta parientes y amigos: en masa o solitariamente apoyan a esos rudos
campesinos y tenaces exportadores que, afectados por medidas
inesperadas que lesionan sus cálculos, o por inspectores que
ven que sus libros no registran todo lo que ganan y pierden,
están luchando para no perder lo que consideran su
más indiscutible derecho, por algo son la patria misma
puesto que son los dueños del territorio de la patria.
Hay que ser prudentes y guardar las proporciones: no es lo mismo
lanzarse a ver Titanic con la noble intención de ayudar a
una productora lejana y desconocida a salvar la ropa que asistir al
acto ruralista de Rosario para apoyar al campo en su esforzada tarea de
resistir a la aplicación de un impuesto. No es lo mismo,
desde luego, pero la tendencia, la pasión por el poder del
dinero de los otros es muy similar y se puede observar en muchas otras
situaciones: mi madre, que era una humilde costurera antes de abandonar
la Rusia de sus desdichas, hablaba con unción de las
princesas y lo bien que estaban ataviadas. El cuadro es tal vez,
exagerando un poco, lo que el escasamente inteligible Hegel
llamó la dialéctica del amo y del esclavo. El amo
puede ser implacable, el esclavo adora lo que el amo tiene y se
identifica, no con la persona de la cual puede pensar que es un
haragán, aprovechado, despótico o cretino, sino
con los bienes que posee –en este caso la tierra, las vacas,
la soja, el girasol, el trigo, las cuatro por cuatro, las
avionetas–, vicariamente goza con lo que le falta y que el
otro, el amo, tiene en exceso. Pero raras veces, saliendo del
ensueño de identificación, se le ocurre que en lo
que el amo tiene en exceso está lo que a él le
falta. En todo caso, si siente la falta, en estos días tal
vez sólo el aumento de los precios, se lo puede achacar a un
tercero en discordia, el Gobierno.
Y eso
es una buena y fácil salida intelectual: “Piove,
Governo ladro; non piove, Governo ladro”.
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