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“No demos descanso a nuestros brazos, ni reposo a nuestras almas hasta salvar la humanidad !” Chávez en la ONU |
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Oscar Varsavsky: Hacia una ciencia politizada |
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Fuente: argenpress.info
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lunes, 17 de septiembre de 2007 |
Fuente: SABER COMO
Fragmento del ensayo de
Oscar Varsavsky “Ciencia, política y
cientificismo”, Buenos Aires, CEAL, 1969.
En su discurso pronunciado al final de su visita al INTI, el Presidente
Hugo Chávez mencionó en no menos de cinco
oportunidades al Dr. Oscar Varsavsky, citando su pensamiento en forma
extensa, reflexiva, colocándolo en un lugar de gran
autoridad intelectual, como referente para el proceso bolivariano que
él preside, en el ámbito de los valores y las
políticas de Ciencia y Técnica en pos de un
modelo y estilo de desarrollo independiente. No es la primera vez que
ocurre que los argentinos necesitamos que una voz autorizada del
ámbito externo señale elogiosamente a un
compatriota, para volver sobre él nuestra mirada y recuperar
su vigencia y actualidad, rescatándolo y
rescatándonos de las tantas desmemorias instaladas por
intereses dominantes. Desde la redacción de Saber
Cómo hemos seleccionado el siguiente fragmento
extraído de uno de sus trabajos más importantes y
profundos.
“Hay científicos cuya sensibilidad
política los lleva a rechazar el sistema social reinante en
nuestro país y en toda Latinoamérica. Lo
consideran irracional, suicida e injusto de forma y fondo; no creen que
simples reformas o ‘desarrollo’ puedan curar sus
males, sino sólo disimular sus síntomas
más visibles. No aceptan sus normas y valores -copiados
servilmente, para colmo, de modelos extranjeros- no aceptan el papel
que el sistema les asigna, de ciegos proveedores de instrumentos para
uso de cualquiera que pueda pagarlos, y hasta sospechan de la pureza y
neutralidad de la ciencia pura y de la infalibilidad y apoliticismo de
las élites científicas internacionales al imponer
temas, métodos y criterios de evaluación.
A estos científicos rebeldes o revolucionarios se les
presenta un dilema clásico: seguir funcionando como
engranajes del sistema -dando clases y haciendo
investigación ortodoxa- o abandonar su oficio y dedicarse a
preparar el cambio de sistema social como cualquier militante
político. El compromiso usual ante esta alternativa extrema
es dedicar parte del tiempo a cada actividad, con la consiguiente
inoperancia en ambas.
Este dilema tiene un cuarto cuerpo, mencionado muchas veces pero al
nivel de slogan: usar la ciencia para ayudar al cambio de sistema,
tanto en la etapa de lucha por el poder como en la de
implantación -y definición concreta previa- del
que lo va a sustituir.
Sostengo que esto es mucho más que un slogan, o puede serlo,
pero requiere un esfuerzo de adaptación muy grande por parte
de los científicos; tal vez mayor que abandonar la ciencia
por completo: es más difícil soportar la etiqueta
de pseudo científico que de ex científico. Pero
creo además que la llamada ‘ciencia
universal’ de hoy está tan adaptada a este sistema
social como cualquier otra de sus características
culturales, y por lo tanto el esfuerzo por desarrollar la
investigación seria del cambio total puede producir, a plazo
no muy largo, una ciencia no sólo revolucionaria sino
revolucionada.
Con estas páginas quiero provocar una discusión
más a fondo de esta alternativa: sus dificultades,
posibilidades e implementación en el contexto argentino
(aunque muchas de las conclusiones resulten igualmente
válidas para otros países dependientes).
Nótese que esta posición está
emparentada con el constante llamamiento a ocuparse de los
‘problemas nacionales’ y a hacer ciencia aplicada o
funcional, que muchos veníamos haciendo -y a veces
practicando- en la universidad. Esa prédica era
insatisfactoria porque la tendencia natural era a interpretarla como
reformismo o desarrollismo: búsqueda de soluciones dentro
del sistema.
Así, cuando en innumerables reuniones de profesores en la
Facultad de Ciencias Exactas planteábamos esta
problemática nacional, el resultado más positivo
era que los físicos prometieran ocuparse un poco
más de semiconductores, los químicos, de procesos
industriales, y los biólogos de los problemas pesqueros, con
variantes de igual ‘trascendencia’ para el cambio.
Indudablemente eso era preferible a dedicar todos los esfuerzos a
estudiar partículas elementales, topología
algebraica o metabolismo de carbohidratos; pero cuando
apoyábamos al Departamento de Industrias, al Instituto de
Cálculo o al de Biología Marina, nos quedaba la
amarga y tácita sospecha de que tal vez eso aprovechaba
más al sistema que al país.
Esa sospecha era correcta y hemos tardado demasiado tiempo en
descubrirlo. Nos queda el consuelo de tontos de ver que las ideas al
respecto tampoco están muy claras entre los intelectuales
del resto del mundo, de todas las tendencias. Por eso, muy lejos de
mí la intención de presentar esto como
‘autocrítica’. La alternativa que estoy
discutiendo es en la práctica muy diferente a esa
problemática nacional, pero cabe formalmente en la misma
denominación ya que supone reconocer que el problema
nacional por excelencia es el cambio de sistema. No hay riesgo de
confundir lo siguiente con desarrollismo: la misión del
científico rebelde es estudiar con toda seriedad y usando
todas las armas de la ciencia, los problemas del cambio de sistema
social, en todas sus etapas y en todos sus aspectos,
teóricos y prácticos. Esto es, hacer
‘ciencia politizada’”.
Un
científico rebelde
Oscar Varsavsky fue uno de los primeros y más destacados
especialistas mundiales en la elaboración de modelos
matemáticos aplicados a las ciencias sociales. Profesor
universitario de Matemática y Física, de gran
cultura científica, jamás creyó que
los aspectos esenciales del conocimiento actual fueran lo
suficientemente difíciles como para escapar a la
comprensión de las grandes mayorías.
Creía en la necesidad de pensar las actividades humanas en
función de su aporte a la construcción efectiva
de una sociedad cuyas características se hubieren definido
previamente. Esa definición exigiría un intenso
trabajo previo destinado a plantear alternativas al actual orden de
cosas. Frente a la falsa conciencia
técnico-económica de que tales alternativas no
existían, destacaba Varsavsky la importancia que para los
grupos sociales tiene la visión previa de sus posibilidades.
Oscar Varsavsky nació en Buenos Aires el 18 de enero de
1920; egresó como Doctor en Química de la
Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. En esta
Facultad se desempeñaría luego en forma sucesiva
como auxiliar de laboratorio de Fisicoquímica, jefe de
trabajos prácticos de Análisis
Matemático, profesor adjunto de Algebra y
Topología y profesor con dedicación exclusiva del
Departamento de Matemática. Además dio clases de
Matemáticas, con interrupciones, en las universidades del
Sur, de Cuyo y de Caracas, Venezuela, país donde
dejó una impronta muy importante en el pensamiento
crítico y político sobre los estilos de
desarrollo y la misión y ética profesional de
científicos y técnicos. Utilizando algunas ideas
del filósofo de la ciencia Thomas Kuhn, desplegó
una fuerte crítica a las normas que rigen el desarrollo de
las ciencias. Opinaba que la obsesión por los
métodos cuantitativos encubre, en la ilusión de
la libertad de investigación, un mecanismo que garantiza la
sujeción del científico a las estrategias de
expansión del capital y las leyes del mercado. Estas ideas
fueron su punto de partida para aspirar a una ciencia realmente
más libre de los condicionamientos económicos.
Publicaciones como Ciencia, Política y Cientificismo; Hacia
una política científica nacional y Marco
histórico constructivo para estilos sociales, proyectos
nacionales y sus estrategias reflejan sus vigorosas ideas.
Oscar Varsavsky murió en 1976. Desde 1958 era miembro del
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y
Técnicas (CONICET) y en sus últimos
años profundizó en el estudio de la Historia y la
Epistemología (estudio crítico del desarrollo,
método y resultado de la ciencia).
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